viernes, 12 de septiembre de 2014

El gran engaño del progreso

david alfaro siqueiros retrato de la burguesia

¿Qué es el progreso?
¿Lo que vivimos actualmente es auténtico progreso?
¿Realmente el ser humano ha progresado con el paso de los milenios?
Estas son preguntas que prácticamente nadie pone sobre la mesa, porque el común de la sociedad las considera absurdas.
Preguntas que aparentemente no tienen ningún sentido a la luz de las tecnologías y los avances científicos que nos rodean.
Pero de hecho, es el momento idóneo para plantearlas y afrontar las consecuencias de las posibles respuestas.
Sin duda, la mayoría de personas afirmarán que la humanidad sí ha progresado y que ese progreso ha sido más acusado que nunca en los dos últimos siglos y que, por lo tanto, discutirlo no tiene ninguna lógica.
Pero algunos dudamos muy seriamente de que esto sea así y podemos argumentarlo…
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ESTO NO ES PROGRESO
Pongamos las cartas sobre la mesa: la tesis que sostiene este artículo es que no hemos progresado en absoluto.
Aún peor, nuestra tesis es que, de hecho, con el paso del tiempo, hemos retrocedido.
¿En qué nos basamos para realizar una afirmación tan temeraria?
Si nos fijamos en la definición de “progreso” y “progresar” que nos ofrece el diccionario, los define como “avances” y “mejoras”.
Y he aquí la cuestión.

Definición diccionario RAE
progresar 1. intr. Avanzar, mejorar, hacer adelantos en determinada materia.
progreso (Del lat. progressus). 1. m. Acción de ir hacia adelante. 2. m. Avance, adelanto, perfeccionamiento.
Un paso atrás
Como sucede con los demás animales, necesitamos una serie de elementos para vivir; básicamente agua, comida y un entorno adecuado en el que habitar.
La naturaleza pone estos elementos a nuestra disposición desde que nacemos, de forma libre y gratuita.
Lo único que necesitamos para hacernos con ellos es emplear nuestro tiempo y nuestras energías en conseguirlos para garantizar nuestra subsistencia.
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Ésta es la posición de la que parte la humanidad, igual que sucede con el resto de animales.
Sentadas estas bases, es muy fácil deducir lo que sería un “auténtico progreso”.
El ser humano habría progresado de forma efectiva si al nacer tuviera la seguridad de que no tendrá que preocuparse ni por su subsistencia ni por su alojamiento y que podrá emplear la mayor parte de su tiempo de vida al conocimiento, la creatividad, el descubrimiento o el placer.
Dicho en otras palabras: el progreso consiste en no vernos atrapados en las mecánicas de subsistencia que afectan al resto de animales y en poder invertir nuestro tiempo de vida en el pleno desarrollo de nuestro intelecto superior.
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Eso sería progresar, desde el punto de vista humano.
¿Pero lo hemos conseguido? La respuesta, claramente, es negativa.
Los humanos seguimos dedicando la mayor parte de nuestras vidas a garantizar nuestra subsistencia y nuestro hábitat.
Lo único que ha cambiado es la forma de hacerlo, infinitamente más enrevesada y elaborada, fruto de la tremenda complejidad de la sociedad que hemos construido: pero cada uno de nosotros necesitamos trabajar continuamente para conseguir agua, comida y un alojamiento.

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Así pues, la humanidad ha sido incapaz de superar sus dependencias naturales más básicas y por lo tanto, en este aspecto, no hemos avanzado ni un ápice, por más vueltas que le demos.
Sin embargo, paradójicamente sí ha cambiado nuestra relación con los elementos que garantizan nuestra subsistencia. Porque hemos perdido el libre acceso a aquello que nos ofrecía gratuitamente la naturaleza, es decir, el agua, la comida y el entorno.
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Ahora, a diferencia de nuestros antecesores primitivos, ya no podemos acceder libremente a los recursos naturales.
La propia complejidad del mundo que hemos creado nos lo imposibilita y nos obliga a depender, cada vez más, de intermediarios para acceder a esos bienes; intermediarios que se arrogan un control y un poder sobre los recursos naturales que no les corresponden.
Actualmente hay toda una sociedad estructurada que se interpone entre cada individuo y lo que la naturaleza le ofrece gratuitamente.
En conclusión pues, no solo no hemos avanzado, sino que de hecho, hemos retrocedido.

Desde el inicio de los tiempos, como individuos libres nacidos en este planeta, hemos dado un paso atrás, aunque dispongamos de millones de espectaculares chismes tecnológicos, avances científicos alucinantes y una sociedad extraordinariamente complicada.
Y esta realidad, nadie la quiere afrontar.

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PARA QUÉ SIRVE LA TECNOLOGIA
Y esto nos arroja de cabeza a uno de las grandes contradicciones que estamos viviendo: y es que la tecnología no tiene nada que ver con el progreso real.
En el fondo, la tecnología y la ciencia no nos han aportado ningún progreso sustancial y profundo, porque como hemos dicho, nuestras dependencias iniciales siguen permaneciendo intactas.
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El fundamentalismo científico-tecnológico
Ahora mucha gente interpretará erróneamente que estamos criticando el avance científico y tecnológico, arrastrados como están por esta nueva corriente que todo lo inunda y que podríamos calificar como fundamentalismo científico-tecnológico: una suerte de fanatismo basado en la adoración ciega al avance tecnológico y científico más allá de las consecuencias finales que este implique.
Y es que este tipo de personas responden automáticamente, como si alguien accionara un resorte en su interior.
Cuando alguien pone en duda el uso que hacemos de la ciencia o la tecnología, empiezan a hablar atropelladamente de grandes avances en medicina, lucha contra las enfermedades, aumento de la esperanza de vida, avances tecnológicos en forma de todas suerte de vehículos, viajes a la luna y exploración espacial.
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Y una vez centrado el marco de discusión donde a ellos les interesa, es decir, en los aspectos más superficiales y aparentes de estos avances, acusan a sus interlocutores poco menos que de “retrógrados que pretenden volver a vivir en cuevas o en los tiempos de la peste negra”.
Una respuesta tan ridícula como si, a alguien que osara criticar al gobierno o a las estructuras del poder, le respondieran que “pretende instaurar el caos y que es amante del crimen y el salvajismo”.
La suya pues, es una posición, en cierto grado, extremista.
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Y es que por lo visto, en su visión distorsionada de la realidad, la humanidad debe estar, forzosamente, al servicio de los instrumentos que crea y no al revés.
Para ellos, todo descubrimiento o avance es como un nuevo territorio que debe ser colonizado por obligación, sí o sí, aunque se trate de una tierra yerma y repleta de residuos tóxicos y alimañas venenosas.
En sus manos el avance científico y tecnológico se ha convertido en un sinsentido, en un servilismo ciego a la herramienta por el simple hecho de que ésta existe, sin que importe la función original para la que fue creada.
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Dice el proverbio que cuando el sabio señala la luna, el necio mira su dedo. Pues en su caso, confundir la tecnología con el progreso viene a ser como mirar el dedo…
Eso explica cómo y por qué hemos llegado a la situación en la que estamos.


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Un instrumento mal usado
Lo que deberían comprender estos fundamentalistas tecnológicos es que cuando afirmamos que la tecnología no ha servido para generar un progreso real, en ningún caso pretendemos criticar a la tecnología o al avance científico en sí, porque hacerlo seria caer en el absurdo.
Sería tan ridículo como criticar la existencia de los telescopios, las sartenes o los violines. O como criticar la fisión nuclear, la electrolisis o la mecánica cuántica.
Los avances tecnológicos y científicos solo son meros instrumentos, y como tales pueden ser utilizados de una u otra manera dependiendo de quién y cómo los utilice.
Por lo tanto no son ni “buenos” ni “malos”.
¿Una sierra mecánica es algo malo? No. Es una herramienta muy bien ideada. Pero en manos de un loco puede hacer mucho daño.
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Eso es lo que decimos: que no hemos sabido utilizar adecuadamente estos maravillosos avances y que por nuestra propia culpa, no han generado un progreso real, sino un conjunto de nuevas dependencias y esclavitudes a nivel vital, encarnadas en una complejidad cada vez más inasumible.
Y eso no es lo peor.
Lo más grave es que los extraordinarios avances que estamos realizando, nos están conduciendo, irremisiblemente, al momento más peligroso de la historia de la humanidad.
A un punto sin retorno.
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¡NO ES UN PROBLEMA CÍCLICO!
De nuevo, cuando afirmamos que el momento que la humanidad está viviendo es crítico y que nuestras propias creaciones ponen en peligro nuestra esencia como seres humanos, salen de nuevo al asalto las hordas programadas por el Sistema.
Su respuesta, al unísono, como una brigada de loros entrenados, es invariablemente la misma: “¡Este punto de vista es absurdo! ¡Sois unos retrógrados! ¡Tenéis miedo al progreso!”
Y acostumbran a culminar tales afirmaciones con su “sabia visión” de la evolución humana:
“La revolución tecnológica que vivimos ahora es análoga a la revolución industrial. La historia se compone de ciclos que se repiten y no vivimos, ni un punto culminante, ni un punto sin retorno, sino solo una etapa más de nuestra evolución constante, como tantas otras hasta ahora”
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Y en parte tienen razón. Los ciclos se repiten a lo largo de la historia.
Pero desgraciadamente, cuando tienes la mente plana, lo ves todo en dos dimensiones.
Y ese es el problema que tienen fundamentalmente estas personas: son incapaces de ver la tercera dimensión.
Porque efectivamente se producen ciclos repetitivos a nivel social, político y económico.
Pero hay un elemento que no sigue ningún ciclo repetitivo, sino una línea ascendente que lo cambia absolutamente todo: la evolución tecnológica y científica.

Así pues, la evolución de las sociedades humanas no se compone de círculos sobre un papel plano que van repitiéndose sin cesar.
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Es más parecida a una escalera de caracol, en la que el eje vertical corresponde a las transformaciones tecnológicas y científicas. Y como todos sabemos, las escaleras sirven para cambiar nuestra posición y llevarnos a nuevas alturas, inimaginables para alguien con una mente bidimensional.
Por eso afirmamos que el momento que está viviendo ahora mismo la humanidad no tiene parangón y que no existen referentes pasados aplicables a lo que se avecina.
Hacer previsiones basándose en situaciones del pasado, en este caso, es erróneo.
Porque además, para añadir aún más dificultad a la hora de hacer previsiones, resulta que esta escalera por la que estamos subiendo no tiene todos los peldaños iguales.
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La altura de los peldaños crece exponencialmente a medida que vamos subiendo por ella y no podemos saber con seguridad cuál será el tamaño del siguiente peldaño.
Cada escalón que ahora sube la humanidad es como mil escalones anteriores y la proporción varía a cada escalón, porque la velocidad a la que se producen nuevos descubrimientos científicos y nuevos avances tecnológicos es cada vez mayor.
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Por lo tanto, que nadie se deje engañar por las voces anestesiantes que nos susurran al oído que “todo va bien y que ya hemos recorrido este camino con anterioridad”.
La humanidad está andando una senda inexplorada y estamos entrando en un territorio en el que cada paso que damos exige una responsabilidad mucho mayor porque las consecuencias de cada paso dado en falso son incalculables.
Y esta es una responsabilidad compartida por todos y cada uno de nosotros, que nadie, con un mínimo de conciencia, debería eludir.
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EL PELIGRO ESTÁ EN EL PODER
La pregunta que todos debemos hacernos es:
¿La humanidad en general está realmente preparada para los alcances de su propio intelecto? ¿Es capaz de tomar plena consciencia de las consecuencias que tendrán sus actos?
Y es que si nos fijamos bien, nuestra conciencia como seres humanos crece a una velocidad muy inferior a la que crecen nuestros propios avances científico-técnicos.
Las ambiciones, la locura y los defectos humanos apenas han cambiado desde hace siglos.
Sin embargo la tecnología y su poder asociado crecen década tras década hasta límites inconcebibles.
Y ese desajuste aumenta sin cesar.
Dicho de otra manera, cuando disponíamos de una tecnología que nos permitía fabricar espadas, nos matábamos con espadas.
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Cuando hemos dispuesto de energía nuclear nos hemos arrojado bombas atómicas.
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Nuestra conciencia como seres humanos ha avanzado muy poco respecto al poder del que disponemos.
Y no podemos cerrar los ojos a esta realidad.
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En manos de locos
Los avances tecnológicos actuales serán usados por el mismo tipo de personas malvadas y corruptas que los han usado hasta ahora a lo largo de la historia, pero la diferencia es que ahora, las consecuencias de sus actos pueden ser irreversibles.
Para entender mejor lo que estamos viviendo, pongamos un pequeño ejemplo.
Hace unos siglos, los hombres más poderosos disponían de ejércitos a caballo, con soldados que llevaban espada y vestían armaduras, mientras las personas a las que dominaban iban a pie, blandían garrotes de madera y podían ocultarse fácilmente en los bosques.
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Ahora, las personas poderosas disponen de aviones de combate y misiles nucleares con los que destruir el mundo entero y pueden monitorizar desde el cielo hasta el último movimiento de cualquier persona vaya adónde vaya y destruirla sin que pueda presentar oposición ni esconderse en ninguna parte.
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Por lo tanto, la diferencia de entre el poder que albergan las personas más poderosas y las menos poderosas ha aumentado exponencialmente, de forma proporcional al propio avance tecnológico, mientras que la corrupción y la maldad de los poderosos sigue intacta.
Antes era el hombre contra el caballo. Ahora es el hombre contra el misil nuclear.
Digan lo que digan, esto no había sucedido jamás en toda la historia de la humanidad.
Cada vez, un menor grupo de personas albergan un mayor poder en sus manos y pronto, la situación será irreversible si no le ponemos remedio inmediatamente.
¿Aún hay alguien tan inconsciente como para negarse a ver el peligro que se cierne sobre todos nosotros?
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¿POR QUÉ NO HAY UN PROGRESO REAL?
Hemos sacado en claro dos ideas sobre el avance científico-tecnológico que ha experimentado la humanidad:
1-No se ha traducido en un progreso real del ser humano a la hora de cubrir sus dependencias básicas
2-Nos ha conducido a una situación crítica, a lo que promete ser un punto sin retorno y sin referentes previos.
Sin embargo, la gran mayoría de los avances técnicos y científicos se han concebido, generalmente, con las mejores intenciones. La mayoría han sido creados para un bien común.
Entonces, ¿cómo puede ser que, sistemáticamente, todo lo que creamos “para bien” acabe siendo utilizado “para mal” y una vez tras otra, tengamos que sopesar las ventajas y las desventajas de todas y cada una de las cosas que inventamos?
Si tras cada invento, “hecho para un bien”, tienes que estar valorando en cuánto te perjudica, es que nuestra evolución está resultando de lo más ineficiente.
Es como si cada vez que besáramos a un ser querido, tuviéramos que estar calculando cuantas enfermedades podemos transmitirle con el beso. Alguien que se viera obligado a hacer esto estaría evidentemente muy enfermo y su primera prioridad debería ser curarse, ¿No?
Pues así está la humanidad con cada avance que realiza.
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Creamos medicinas y vacunas para curar las enfermedades, pero con el paso de los años, vamos descubriendo los efectos secundarios nocivos que provocan y las nuevas dolencias que causan.
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Creamos vehículos fantásticos que nos permiten movernos a gran velocidad, pero el petróleo del que dependen es fuente de guerras y contaminación hasta el punto de dañar el equilibrio atmosférico del planeta.
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Creamos fuentes de energía fabulosas como las centrales nucleares, pero un solo fallo de una de ellas, nos aboca a una contaminación mundial sin precedentes.
¿Cómo se puede ser tan torpe?
Ésto no tiene ninguna lógica.
Alguna cosa falla y evidentemente falla en el interior de nuestra mente, a nivel comunitario y a nivel individual.
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De hecho, nuestros propios avances científico-tecnológicos dan buena fe de ello.
Con todo lo que hemos creado y con todo lo que conocemos, a estas alturas podríamos garantizar que cada humano nacido en este planeta no tuviera que preocuparse jamás, a lo largo de su existencia, ni por su sustento ni por obtener un techo bajo el que vivir.
La ciencia y la tecnología nos lo permiten de sobra desde hace décadas: podríamos dedicar la mayor parte de nuestro tiempo y energía vitales, no a luchar por nuestra subsistencia como cualquier otro animal, sino a actividades superiores de carácter creativo o intelectual.
Pero por lo visto, lo único que hemos conseguido con el paso de los siglos ha sido crecer en número hasta poner en peligro los recursos planetarios y vivir muchos más años que nuestros antepasados, para así poder trabajar aún mas tiempo gastando recursos para garantizar nuestra subsistencia.
Y a eso lo hemos llamado “progreso”.
¡Es sencillamente ridículo!
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Ha llegado pues, la hora de que dejemos de servir como zombis a esta gran maquinaria y que nos hagamos, de una puñetera vez, las preguntas necesarias.
¿Somos más felices que nuestros antepasados, sí o no?
¿Somos mejores seres humanos que en otros momentos de la historia, sí o no?
¿El planeta y nuestro entorno en general está mejor o peor con cada día que pasa, sí o no?
Y ante todo,
¿Qué estamos buscando?
¿Qué queremos ser?
¿Cómo queremos que sean nuestras vidas?
¿Cuáles son nuestros sueños?
Respondamos con sinceridad a estas preguntas y sabremos si el progreso es real o si nos estamos engañando a nosotros mismos.
Vale la pena parar motores y discutirlo con detenimiento.
Aunque eso comporte el esfuerzo titánico de tener que levantar la mirada de la pantalla del i-phone por unos momentos…
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Fuente:Gazzetta del apocalipsis

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