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martes, 28 de octubre de 2014

Errico Malatesta: Mi Primer Encuentro con Bakunin

 



Era el Fin de verano de 1872, en Nápoles.
La Federación Italiana de la Internacional de los Trabajadores nos había delegado a Cafiero y a mí para representarla en el Congreso que se debía celebrar en Suiza (y que se celebró, en efecto, en Saint-Imier, en el Jura bernés), para un entendimiento entre todas las secciones de la Internacional que se habían rebelado contra el Consejo General, el cual, bajo la dirección de Carlos Marx, quería someter toda la Asociación a su autoridad dictatorial y dirigirla, no a la destrucción, sino a la conquista del poder político.
Yo estaba lleno de fervor en aquellas luchas, de las cuales debía depender la suerte de la Internacional y el porvenir de la acción revolucionaria y socialista.
Jovencito, en mis primeras armas, era naturalmente muy feliz al poder ir al Congreso, entrar en relación directa con compañeros de todos los países y tal vez también orgulloso por hacer oír mi voz. ¡En aquella edad, cuando no se es una marmota, se está un poco demasiado lleno de si ! Pero lo que sobre todo me entusiasmaba era el pensamiento que conocería a Bakunin, que me volvería (no dudaba de ello) su amigo personal.
Bakunin en Nápoles era una especie de mito. Había estado allí, creo, en 1864 y en 1867, dejando una impresión profunda. Se hablaba de él como de una persona extraordinaria y como suele ocurrir, se exageraban sus cualidades y sus defectos. Se hablaba de su estatura gigantesca, de su apetito formidable, de su vestir descuidado, de su negligencia pantagruélica, de su desprecio soberano del dinero. Se contaba que, llegado a Nápoles con una gran suma, en el momento en que se presentaban a menudo revolucionarios polacos escapados a la represión que siguió a la insurrección de 1863, Bakunin dió simplemente la mitad de todo lo que tenia al primer polaco necesitado que encontró, y después la mitad de la mitad que le quedaba al segundo polaco, y así sucesivamente hasta que — y no se necesitó mucho tiempo — quedó sin un céntimo. Y entonces tomó el dinero de los amigos con la misma indiferencia señorial con que había dado lo suyo. Pero esto y otras cosas eran la leyenda.
Lo importante era la gran conversación que se tenía en los círculos avanzados, o supuestos tales, en torno a las ideas de Bakunin, que había ido a remover todas las tradiciones, todos los dogmas sociales, políticos, patrióticos, considerados hasta entonces por la masa de los «intelectuales» napolitanos como verdades seguras y fuera de discusión. Para unos Bakunin era el bárbaro del Norte, sin dios y sin patria, sin respeto para ninguna cosa sagrada, y constituía un peligro para la santa civilización italiana y latina. Para los otros era el hombre que había llevado a los muertos pantanos de las tradiciones napolitanas un soplo de aire salubre, que había abierto los ojos de la juventud que se había aproximado a él hacia nuevos horizontes; y éstos, los Fanelli, los De Luca, los Cambuzzi, los Tucci, los Palladino, etc., fueron los primeros socialistas, los primeros internacionalistas, los primeros anarquistas de Nápoles y de Italia.
Y así, a fuerza de oírles hablar, Bakunin se había convertido para mi también en un personaje de leyenda; y conocerlo, aproximarme a él, calentarme a su fuego era para mí un deseo ardiente, casi una obsesión.
El sueño iba a realizarse.
Partí, pues, para Suiza, junto con Cafiero.
En aquella época yo estaba enfermizo, escupía sangre y era juzgado tísico o casi, tanto más cuanto que había perdido los padres, una hermana y un hermano por enfermedad del pecho. Al pasar el Gottardo por la noche (entonces no existía el túnel y era necesario rodear la montaña nevosa en diligencia) me resfrié y llegué a Zurich, a la casa donde estaba Bakunin, por la noche, con tos y fiebre.
Después de la primera acogida, Bakunin me acomodó una camita, me invitó, casi me obligó a extenderme encima de ella, me cubrió con todas las mantas y abrigos que pudo recoger, me dió té hirviente y me recomendó que estuviera tranquilo y durmiera. Y todo esto con una premura, una ternura materna que me conmovió el corazón.
Mientras estaba envuelto bajo las mantas y todos creían que dormía, oí que Bakunin decía, en voz baja, cosas amables sobre mí, y después añadía melancólicamente: «Lástima que esté tan enfermo; lo perderemos pronto; no tiene para seis meses». No di importancia al triste pronóstico, porque me parecía imposible que pudiese morir (me cuesta trabajo creer en ello todavía hoy); pero pensé que habría sido casi un delito el morir cuando hay tanto que hacer por la humanidad. Me sentí feliz por la estima de aquel hombre y me prometí a mi mismo hacer todo lo posible por merecerla.
Al día siguiente me desperté curado y comenzamos con Bakunin y los demás, suizos, españoles y franceses, aquellas interminables discusiones a que Bakunin sabía dar tanto encanto.
Fuimos a Saint-Imier, donde — nótese el rasgo de psicología popular — los muchachos acogieron a Bakunin al grito de «¡Viva Garibaldi!». Naturalmente, siendo Garibaldi el hombre que más habían oído celebrar, aquellos muchachos pensaban que debía ser un hombre colosal. Bakunin era colosal, lo vieron rodeado y festejado y pensaron que no podía ser más que Garibaldi.
Tomamos parte en el Congreso, después volvimos a Zurich, discutiendo siempre, tomando acuerdos y haciendo proyectos hasta entrada la noche.
Conocí a Bakunin cuando él estaba ya en edad avanzada y minado por las enfermedades contraídas en las prisiones y en Siberia. Pero lo encontré siempre lleno de energía y entusiasmo y comprendí toda su potencia comunicativa. Era imposible para un joven tener contacto con él sin sentirse inflamado por el fuego sagrado, sin ver ensanchados los propios horizontes, sin sentirse caballero de una noble causa, sin hacer propósitos magnánimos.
Esto ocurría a todos los que caían bajo su influencia. Después, algunos, una vez cesado el contacto directo, cambiaron poco a poco de ideas y de carácter y se perdieron por los más diversos caminos, mientras otros sufrieron y, si sobrevivieron, sufren aún aquella influencia; pero no hubo nadie, creo, que al entrar en contacto con él, aunque fuese por breve tiempo, no se haya vuelto mejor.
Para acabar, relataré un episodio característico. Tal vez lo haya contado ya otras veces, pero en todo caso merece ser repetido.
Era el momento, el del Congreso de Saint-Imier, en que Marx, Engels y sus secuaces, por odio de parte y por vanidad personal ofendida, se esforzaban más por esparcir la calumnia contra Bakunin, a quien se describía como un personaje equívoco, tal vez un agente del zarismo.
Uno de aquellos días se habló de la cosa en presencia de Bakunin, y todos se mostraron justamente indignados, cuando uno de nosotros, no dándonos cuenta de la enormidad que decía, salió con esta proposición: «Es preciso pagar a aquella gente con la misma moneda; ellos calumnian, calumniémosles también nosotros».
Bakunin se sacudió como un león herido, fulminó de una mirada al proponente, se levantó en toda su gigantesca persona y gritó: «¿Qué dices, desdichado? No, es mejor ser mil veces calumniado, aunque la gente nos crea así, antes que rebajarse a ser un calumniador.»
Errico MalatestaPensiero e Volontà, Roma, 1926

Traducción al castellano: @rebeldealegre 
Fuente: http://rebeldealegre.blogspot.com.es/2014/10/errico-malatesta-mi-primer-encuentro.html 

Dulce Leviatán. Críticos, víctimas y antagonistas del Estado del Bienestar - Pedro García Olivo


lunes, 11 de agosto de 2014

El Urubú

En memoria de esta grán y coherente hombre... 



 SERGIO TERENZI (el "Urubú"): inolvidable compañero santafecino que cayó baleado por la espalda en Mataderos, el 6 de Junio de 1996... hace ahora 15 años. Su recuerdo -así como su ejemplo de lucha-  ha quedado grabado en la memoria de los jóvenes de este lado de la Banda.


SERGIO TERENZI (el "Urubú)... "el que murió peleando" y "hoy vive en cada compañero"... fue un luchador social que siempre tuvo las puertas abiertas en nuestras casas; pero sobre todo en los corazones de toda aquella gurisada que -entre otras cosas- levantaba "barrikadas" enfrentando la represión contra las movilizaciones de protesta por la expulsión de los compañeros vascos, a raíz de lo cual resultaron asesinados los compañeros  Morroni y Facal... En todas esas estuvo el Urubú, como hoy lo sigue estando en nuestros corazones!

(...) Sergio había nacido en Santa Fe, a nivel del río Paraná... allí donde el viento se transforma en brisa. La tempestad es su tumba, su panteón es el cielo: allí está Sergio, ebrio de sueños almacenados en espirituales recipientes que hoy sus detractores se proponen arrojar al mar... hoy mar de heces, de sombras, de muerte, de donde los habremos de rescatar!

Sergio -el Urubú- fue un apóstol de la Revolución Social, de sus ideales libertarios... y nosotros sus compañeros -como apóstoles menores- nunca habremos de asumir el papel del Judas traidor... ni el de un tal Pedro que negó a su maestro tres veces antes de que el gallo cantara...

Sergio fue un luchador social y nadie habrá de impedirnos que como tal lo reivindiquemos con el enorme cariño que ese compañero ejemplar se merece... que así fue para todos aquellos "nosotros"... tanto para los más distantes como para los hoy más consecuentes.

"Lo que les sobra a los demás es lo que a otros les falta"... y así también pensaba Sergio cuando defendía la causa de los desposeídos y -en consecuencia- tenía claro dónde golpear para asistir a los marginados... para llevar adelante la Revolución Social.
Sergio ha dejado una huella en este mundo... en el mundo de los "pibes", de los "gurises" rioplatenses. Él ha dejado huellas en los corazones donde siguen apuntando los abyectos "gatillos fáciles" de esta sociedad tan desalmada como estúpida y corrupta que hoy recurre a las razias y a los megaoperativos en salvaguarda de sus condenados intereses.
Las huellas que dejó Sergio (también de este lado de la Banda) aún hoy son imborrables en la memoria de aquella juventud que los "sensatos revolucionarios" abandonaron... (¿qué digo?)... ¡traicionaron! y hoy califican de "irreverente".
En tanto: la desorbitada represión los condena por "desprolija y malcriada", negándoles el derecho a sus sueños y condenándolos a subsistir en una sociedad sin futuro!

Sergio nos confesaba: "me fui enterando que los indios, que las ovejas, que el peso fuerte, el exterminio, los cazadores, los alambrados... que todo eso... que la corona y la santa cruz, que los desmanes de poder... que toda esa mierda no tenía límites!"...Entrados los '80 (cuando cesan los militares y asume Alfonsín)... Argentina era casi una fiesta: marchas, movidas culturales... las calles eran nuestras. Se palpaba, se disfrutaba la alegría y el gustito a libertad" -(así encaraba Sergio la realidad)... "y nosotros -anteriores transgresores- nos entregamos al disfrute de esos "lujos", hicimos ensayos de comunidades, cooperativas, etc. ... pero aquello fue algo así como el "corto verano de la anarquía", nos contaba Sergio.
Luego llegarían Cavallo y Menem... el crimen sigue impune, los asesinatos subsisten... tras ello: los parásitos que elucubran y los manipuladores del sistema que temen por la sagrada propiedad privada al sentirla como amenazada... así que aceitan nuevamente la maquinaria represiva, equipan la "yuta" y aumentan los efectivos (...) también aumenta la confusión democrática-progresiva, el individualismo y la decadencia... el desbande, la incomunicación, la pérdida de ideales y la desorientación"...

Así vislumbraba el Urubú la realidad política de aquellos tiempos... y no se equivocaba:
"Mientras que los políticos roban a lo grande, nosotros vamos a la cárcel por nada... ,morimos por nada, absolutamente por nada... por un "gatillo fácil" planificado.
Tenemos hambre de alegría, de dignidad: tenemos hambre de pasión, de amor, de justicia y de libertad... ¡tenemos hambre!" ... pregonaba Sergio, nuestro querido e inolvidable "Urubú"!

Sergio era un agitador convencido de sus verdades y consecuente con su prédica, creativo como el mejor en la forma de hacer pensar, de hacer reaccionar y movilizar a la gente.
(...) en una oportunidad se plantó en el centro de la Plaza de Mayo (en Buenos Aires) disfrazado de obispo y denunció a voz en cuello las injusticias sociales y la responsabilidad de las instituciones de la corrupta sociedad argentina...
En otra ocasión: aquella vez en Montevideo -a propósito de un aniversario de la "represión en el Filtro"... centró la atención de la marcha recordatoria oficiando de "tragafuegos" y volanteando el mensaje que -a propósito- habían enviado los compañeros argentinos.
(...) supimos también que en Buenos Aires organizó a un grupo de pibes que desfilaron a "paso ganso"... Más que uniformados marchaban desarrapados, acompañando al ejército argentino, entonando consignas y cánticos denigrantes dirigidos a a los "soldaditos de la patria" asesina, quienes debieron aguantarse disciplinadamente y morderse los labios de pura bronca que tenían...
Aquel operativo -que aún  hoy recordamos- lo habían llamado "la risa como arma".

Sergio Terenzi  (el "Urubú) hoy vive en nuestra memoria
alentando el compromiso de una juventud que, a pesar de todo
... sigue soñando y peleando "por una patria para todos o para nadie" y reivindicando el ejemplo de nuestros compañeros
caídos y/o desaparecidos ... ¡arriba los que luchan!
Fuente: El Muerto

jueves, 3 de abril de 2014

Las necesidades terrenales del cuerpo y del alma. Inspiración práctica de la vida social - Presentación del Libro

Este audio es una magnífica pieza de reflexión y ánimo a la introspección. Una invitación a adentrarnos en la filosofía y reflexiones de vida de esta gran mujer, llamada Simone Weill...
Excelente presentación que cuenta con la participación de Prado Esteban y Félix Rodrigo Mora.
Se los recomiendo ampliamente...
Koan