domingo, 12 de mayo de 2013

Necesitamos una estrategia





El obrar sin pensar no suele ser transformador. Cualquier proyecto, más si es complejo, exige una reflexión, por lo general difícil, tensa y prolongada, sobre sus condiciones reales, para elaborar un plan de acción. La tarea de estrategas y planificadores es estudiar lo real existente para diseñar una línea de actuación.



Incluso la estrategia más elemental es útil, siempre que sea lo bastante verdadera, esto es, acorde con las condiciones reales.

        

En las instituciones del poder abundan los estrategas y planificadores, pero en los medios “radicales” se opina que basta con un actuar irreflexivo, con dar palos de ciego. Este estado de ánimo puede ser explicado porque en una sociedad dividida en clases las funciones de pensar y decidir se las reserva una minoría mientras que a las clases populares se las asignan las tareas de ejecución, a través del cumplimiento de órdenes. Por eso no están habituadas a pensar estratégicamente, reduciéndose a hacer lo que les mandan, en el trabajo asalariado el patrono y en la totalidad de la vida el Estado. Lo suyo es “la acción”

        

Eso queda agravado por las malas prácticas asamblearias, y las reprobables actuaciones personales, que convierten en una interminable discusión, por lo general caótica y estéril, casi cualquier asunto que se trate. Esto lo que exige es reformar las asambleas y hacer responsables a las personas, no renunciar a formular una estrategia que culmine en el correspondiente plan o proyecto de actuación.

        

Se ha dicho que la estrategia es “un decir de un hacer”, una reflexión que se propone formular un plan de acción.

La clave del pensar estratégico es alcanzar una visión global, espacial y temporal. La primera considera la situación en su totalidad, la segunda en su movimiento, determinando no sólo lo que ahora es sino estableciendo su línea más probable de evolución. La estrategia es, ante todo, una visión de conjunto, una reflexión de conjunto y un plan de conjunto.

        

Estudiar las condiciones reales con fría objetividad, desechando posiciones optimistas o pesimistas, dejando de lado fantasías o temores, es imprescindible. Esto requiere hacer acopio de información, aunque sólo de la mínima estrictamente necesaria. Conocer con objetividad es la antesala del hacer con efectividad.

        

El buen pensamiento estratégico ha de comprender aquellos factores más esenciales, los que determinan. Esto requiere diferenciar lo principal de lo no-principal o secundario. Lo primordial es lo que establece la naturaleza de cualquier realidad. La estrategia se asienta precisamente en las cuestiones fundamentales, que a menudo son evidentes y que sólo la ceguera mental y el dogmatismo propios del ser humano impiden percibir. Se trata, por tanto, de tener los ojos y la mente muy abiertos.

        

El análisis estratégico no busca insuflar “optimismo”  y “ganas de hacer”. Su objetivo es localizar lo real y no lo deseado, lo existente pero no lo soñado. Esto demanda determinar con rigor lo positivo y negativo de la situación y, también, lo positivo y negativo de nosotros en tanto que fuerza transformadora. Sin una visión realista de sí, sin la admisión de las propias carencias, no hay estrategia posible.

        

Lo positivo y negativo de cada cosa situación, proceso y sujeto se han de analizar en su interrelación y mutua dependencia, como unidad de contrarios, así como en su temporalidad y cambio.

        

Dado que todo lo real está en continua mutación hay que contemplar cualquier situación no sólo como es ahora sino como será en el futuro, según sus leyes de automovimiento. Por lo general, el futuro no está determinado de manera absoluta, y contiene varias posibilidades. Hay que establecer con el análisis la más probable, la menos probable y las formas intermedias, ajustando a continuación el propio obrar a cada una de ellas, en conformidad con las metas fijadas.

        

La estrategia localiza lo seguro, lo factible, lo posible y lo imposible, estableciendo para las opciones intermedias el grado de probabilidad. Conviene, además, fijar una línea de actuación definida para responder a cada una de las posibilidades.

        

Todo lo expuesto hace que la estrategia proporciones previsión, anticipación e iniciativa. Mantener la iniciativa demanda poseer una visión estratégica, para poder ir dando respuesta a los problemas del día a día sin perder el norte. Ante cada cuestión específica hay que formular una táctica, que se piensa desde la concepción estratégica y opera a su servicio.

        

Una estrategia para el conjunto y una táctica para cada cuestión particular es lo que nos permitirá alcanzar los objetivos deseados. La estrategia posee, además, sus fases o etapas, mientras que la táctica queda circunscrita a lo coyuntural.

        

Al final del proceso de análisis de la realidad se suele alcanzar una situación en la que ni los asuntos son del todo comprendidos ni las conclusiones pueden ser absolutamente claras. Alcanzada esta situación de incertidumbre relativa hay que atreverse y hacer una elección, hay que optar. Esto incluye un riesgo, que se debe admitir con intrepidez y audacia, considerándolo un derivado inevitable de lo finito y limitado de la mente humana, incapaz de un conocimiento completo y perfecto, por tanto de una planificación totalmente acertada.

        

Quienes deseen saberlo y comprenderlo todo antes de formular un plan y pasar a la acción, ansiosos por alcanzar una seguridad plena, nunca lograrán hacer nada.

A lo largo del proceso de aplicación de la estrategia hay que, por un lado, persistir en aplicar el plan formulado y, por otro, abrirse a los cambios, las situaciones inesperadas y los nuevos conocimientos adquiridos. Una combinación de persistencia y flexibilidad es lo apropiado.

        

La división en fases, o etapas, del plan estratégico suele ser necesaria. Hay que establecer las metas a cubrir en cada una de ellas, para alcanzar su totalidad. Al mismo tiempo, una estrategia unifica fines y medios, metas y posibilidades.

        

Una parte de cualquier estrategia es la formación de las personas que se implican, asunto mucho más importante en el tiempo presente, el de los seres nada. Toda estrategia ha de ser un espacio para formar al sujeto, pues en definitiva lo que cuenta es la calidad de las personas.

        

Cada cierto tiempo el proyecto estratégico necesita ser revisado, para introducir las correcciones que la marcha de los acontecimientos, o depurarle de los errores que se hayan puesto en evidencia en el proceso de su aplicación. Conviene fijar plazos para hacerlo.

        

Si hay que formular una estrategia para los proyectos colectivos no menos importante es hacer lo mismo para la actividad y el compromiso individuales. Todo ello se fundamenta en crearse un hábito de pensar desde la realidad, excluyendo apriorismos, dogmatismos y emocionalismos, sobre la base de unos hábitos auto-creados de observar e investigar reflexivamente lo existente.

        

A pensar estratégicamente, a elaborar un plan de acción y a realizarlo se aprende haciendo. Por tanto: adelante.

        

Con una estrategia colectiva y, al mismo tiempo, una estrategia de cada individuo, interiorizados los hábitos de observar, investigar y reflexionar, quizá podamos cumplir las metas prácticas que nos hemos propuestos. Todo depende de la objetividad del plan estratégico, de la habilidad para operar tácticamente, de la energía y el coraje con que se aplique y, sobre todo, de la calidad de las personas.



Félix Rodrigo Mora             

 esfyserv@gmail.com

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