miércoles, 12 de febrero de 2014

Erotismo y Recuperación de lo Humano - Félix Rodrigo Mora



Padecemos la destrucción de lo humano y del ser humano real, la aniquilación programada de la esencia concreta humana. Todo eso está siendo devastado, para crear criaturas posthumanas hiper-sumisas a las instituciones y a los amos de la economía.
        
El sujeto medio no sabe pensar, ha perdido casi todo contacto con lo real, es incapaz de emitir juicios autónomos y decidir. Carece de emociones auténticas y de pasiones humanas. No sabe utilizar el lenguaje, estando reducido a una mudez escalofriante. Es inepto para convivir y estar con sus semejantes, hacia los que profesa una espantosa mezcla de afán de dominar, temor y rencor. No posee vida espiritual ni sentido estético. La palabra moral, o virtud, le encolerizan. Resulta experto en odiar e incapaz de amar. Obedece siempre al poder en todo. El epicureísmo de Estado le ha hecho un vegetal y un auto-agresor. Es mediocre, aburrido, previsible, deprimente.
        
No sabe trabajar como ser libre, y ya tampoco como neo-siervo de los oligarcas, por causa del salariado. No conoce la alegría ni sabe divertirse. No tiene conexiones con la naturaleza, salvo las del consumo visual. Ha perdido la capacidad de sufrir y todo malestar le aterra. Es un espantadizo que se acobarda con nada. Resulta inútil para estar consigo mismo, en reflexión y silencio. No sabe alimentarse de un modo humano. Es inhábil para cuidar de sí. Sus facultades corporales están en quiebra. Vive confinado en la cárcel del ego, hecho verdugo de sí. Lo ignora todo al ser un hiper-adoctrinado, por tanto también un fanático. Está dominado por obsesiones, terrores, angustias, ansiedades, maldades, dolencias, dependencias y estados depresivos.
        
En lo intelectivo es una nulidad, en lo conductual un adoctrinado, en lo convivencial un autista, en lo físico un alfeñique, en lo emocional un cadáver, en lo espiritual un bruto, en lo corporal un enfermo, en lo laboral un inútil, en lo ético un pérfido. Esto han hecho de nosotros, y esto nos hemos dejado hacer.
¿Cuál es la vida erótica de esta criatura suma de negaciones y extravíos con aspecto humano que habita en la sociedad aberrante, de este ser nada?
        
Puntualicemos. Los animales tienen sexo y los seres humanos, mientras sigamos siéndolo, erotismo. Es muchísimo más que sexo, y es la forma concreta que adopta éste en la persona. Nos es imposible vivir una sexualidad meramente fisiológica, o simplemente mecánica, o trivialmente cuantitativa, o torpemente solipsista, o neciamente higiénica, o comercialmente sanativa, o tristemente promiscua. Y si lo hacemos, nos dañamos y mutilamos, llegando a sentir repugnancia hacia lo libidinal.

En una proporción u otra, nuestra sexualidad es siempre erotismo, porque va unida a emociones, pasiones, impulso, afectos, cavilaciones, fantasías, ensimismamientos, enajenaciones, encariñamientos, preferencias y técnicas amatorias específicamente humanas. Cuanto más cargada esté el sexo de elementos trascendentes más satisfactorio será.

Pero cuanto más simplificado, fisiológico, mecánico, carente de afectividad y vacio de deseo, cuanto más exento de pasión, empuje, acometividad y ardor, cuanto más sin apego, entrega, proximidad espiritual, amor y efusión, más insatisfactorio será y menos se practicará.

La “revolución sexual” de los años sesenta aunque acertó al enfrentarse con la represión de lo sexual humano falló en la formulación de un nuevo erotismo. Desconoció la dimensión sublime, pasional, espiritual e integral del Eros. Su propuesta, que aún aletea, era cuantitativa (muchos coitos), simplificada (lograr el orgasmo, en tanto que espasmo agradable), hedonista (el erotismo es placer, sí, pero muchísimo más que placer), mutiladora (ignoró la creación de vida), libresca (a menudo se practicaba sexo porque un panfleto decía que era progresista y “liberador”, vale decir, por imposición), sin pasión ni impetuosidad ni afectividad, por tanto, sin lo más decisivo. Con todo ello degradó el sexo en una rutina trivial, frívola, repetitiva, sin grandeza, tediosa e incluso nauseabunda[1].

En la experiencia erótica ha de entrar lo humano en su triple dimensión. Somos al mismo tiempo: 1) hembras y machos, 2) mujeres y hombres, 3) seres humanos. Al ser mamíferos el sexo humano es siempre coito de mamíferos. Nuestra dimensión animal es magnífica y no puede ser ninguneada. Pero al mismo tiempo somos humanos, mujeres y hombres, con necesidad de simpatía, devoción, cariño, belleza, fantasía, compañía, convivencia, cortesía, entrega, éxtasis espiritual y mutuo servicio.

Existen las necesidades sexuales y también las necesidades emocionales y afectivas, espirituales en suma. Ambas se unifican en nuestro existir y se han de unificar en la práctica erótica todo lo posible. Tenemos que vivir el erotismo como una experiencia salvaje y apasionada, dado que sin ardor y enloquecimiento el Eros naufraga. Han de fijarse en los pactos eróticos que hagan los amantes, dos o más, en tanto que adultos responsables, los contenidos y atrevimientos de su hacer amatorio.

Hay que respetar (y hacer respetar a los nuevos represores, ellas y ellos), la inmensa variedad de las prácticas eróticas naturales humanas, que no pueden ser reducidas a una norma única, ni siquiera a unas cuantas. En el erotismo la libertad (con responsabilidad), la variedad y la pluralidad han de ser la norma. Por eso hemos de combatir toda forma de biopolítica, de derechas o de izquierdas, carca o progresista.

No nos dejemos deserotizar, castrar. Esto es una argucia más para aniquilar lo humano y convertirnos en esclavos perpetuos del poder constituido. Mantengamos intacta nuestra feminidad o nuestra virilidad, elevándolas a la categoría de atributos esenciales. Hoy pocas cosas son tan subversivas como el amor, y el Eros siempre es, en más o en menos, amor.

Salvo en sus manifestaciones inferiores el erotismo es un “nosotros”, una fuerza unitiva que atrae y acerca a los seres humanos. Lo erótico nos socializa, nos hace sentir la grandeza y belleza del otro, la alegría de estar juntos, la fuerza de mantenernos unidos, la magnificencia de la fusión interpersonal. No hay asociación mayor entre dos personas que la que se logra en la coyunda, cuando se integran físicamente la una en la otra, desmoronándose las barreras que en condiciones normales separan a los humanos.

Si el encuentro amatorio, además, está bien cargado de elevación, afinidad, devoción, identificación emocional, mutua entrega, olvido de sí, compartirlo todo y éxtasis, si es una fuga de la cárcel del ego para dar y darse, entonces se convierte en una experiencia revolucionaria, al militar contra un orden social sustentado en el egoísmo posesivo, el odio mutuo, la soledad patológica, la impotencia emocional, las relaciones de dominio y la imposibilidad de desplegar el componente colectivo de nuestra naturaleza, un modo de impedir el desarrollo del aspecto individual del yo.   

Una sociedad colectivista y comunal, en la que el horror de la propiedad privada concentrada haya desaparecido para que podamos vivir compartiéndolo todo, no puede conquistarse ni construirse sin afirmar una y otra vez lo colectivo, el nosotros, en todas sus manifestaciones, sin superar las barreras del yo, sin salir de sí mismo y entregarse al otro. Esto es lo propio, también, del acto amatorio, que es o debería ser siempre, en más o en menos, acto amoroso.

La “revolución sexual”, de facto, ha sido la más eficaz ofensiva contra la libertad erótica. Antaño la represión se hacía desde fuera del sujeto, hoy se ha logrado que éste se perciba como criatura desexuada que evita y condena por motivos variados, siempre sofísticos además de autodestructivos, las practicas eróticas. De ese modo se auto-reprime. Así ha sido creada la nueva gazmoñería o pudibundez, una versión perfeccionada de la vieja, impuesta por el franquismo, la Iglesia y la Sección Femenina.

Ahora padecemos lo que se ha llamado el síndrome de la Inhibición del Deseo Sexual (IDS), y el quehacer amoroso es tildado, a menudo, de “aburrido” e indeseado. Desde el Ministerio de Igualdad, las organizaciones empresariales y las corrientes feminicidas por ellos subvencionadas, se nos adoctrina en un nuevo credo represivo, persecutor y mojigato. Vivimos una catástrofe del Eros.
        
El viejo puritanismo victoriano, como descubrió Freud, hizo de las mujeres su víctima principal. Al ser privadas de sexo, afectividad, pasión, intimidad y éxtasis amoroso las féminas de las clases altas de entonces enloquecían, enfermaban del cuerpo y del espíritu. Hoy está sucediendo lo mismo pero a una escala muy superior, al ser muchísimo mayor la ofensiva contra la libertad en lo libidinal y amatorio. Son tiempos de miseria erótica, de lo que se ha calificado como “anorexia sexual[2].

Por eso millones de féminas, esta vez de las clases populares, se sienten desfallecer de soledad física, frustración anímica, fragilidad de los vínculos y necesidades libidinales insatisfechas, desarrollando numerosas patologías, sobre todo la ansiedad depresiva pero también la ruina de su corporeidad. La situación de las mujeres hoy es tan desesperada que se están creando varias ramas de negocios para supuestamente tratarlas, una de ellas la de la “sanación”. Lo necesario es un renacimiento espontaneo y popular del Eros por deseo, del galanteo, cortejo y seducción mutuas, de la afectuosidad erotizada, la cortesía insinuante, el amor-pasión y el amor al amor, pero no nuevos negocios.

Ciertamente, en la sociedad infierno convivencial no puede haber ni sexo ni amor dignos de tal nombre, por tanto no hay lugar para el erotismo. Ésta es una situación gravísima, que está literalmente triturando a numerosas mujeres (también a muchos varones) y que demanda, para ser resuelta, una transformación social y personal integral, una revolución.

Nos corresponde ahora no sólo resistir y denunciar a las nuevas y los nuevos perseguidores del Eros sino hacer algo más, a saber, iniciar la reconstrucción de la vida erótica, ir promoviendo una renovada sensibilidad y una rehecha emocionalidad, para reaprender lo amatorio y amoroso, para recomponernos como seres humanos. Igual tendremos que hacer con otras cuestiones axiales, el acto de alimentarnos, el lenguaje, la convivencia, la salud, la reflexión, la voluntad, la virtud, la afectividad, la belleza, etc.

Por durísimo y dramático que sea, una vez que hemos sido aniquilados como personas, reducidos a meros despojos y parodias, tenemos que iniciar el camino de la recuperación y la reconstrucción. Hoy la propuesta es hacerlo con lo erótico. Por eso trabajo en un libro, que ya he titulado “Erótica”, he acuñado el lema “Estetizar y erotizar la vida” y me afano en cursos, conferencias y charlas con estos contenidos. Porque el erotismo tiene un componente innato y dado pero también otro necesitado de ser reflexionado y aprendido, siendo mi intención ofrecer más herramientas que soluciones, más reflexiones fundantes que recetas de manuales.






[1] Quienes diseñaron tal “revolución”, en verdad una potente anti-revolución, se fundamentaron en la noción de lo sórdido y no en la de lo sublime. Por eso no funcionó. Para aprehender ésta es recomendable leer reflexivamente “Sobre lo sublime”, Longino. Hay comentario en el blog de Félix Rodrigo Mora.
[2] Mi compromiso con la libertad del Eros se expresa ya en el libro “Tiempo, historia y sublimidad en el románico rural”, una loa de un tiempo, el del Medievo hispánico, en que lo erótico era libre, no como hoy, demonizada y perseguido con una hipocresía y sutilidad que sobrecogen.

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