Yo lo llamaría un llamado y reflexión a todos los anarquistas y libertarios...
KoanReflexión de los compañeros de Anarquistas por la Liberación Social, presentado en un evento organizado por esta colectividad el 2 y 3 de marzo en Atenas, sobre la cuestión de la organización del movimiento anarquista en Grecia.
La cuestión de la organización es una de las más importantes que han preocupado al movimiento anarquista, en la trayectoria del movimiento a lo largo de la historia. En esta trayectoria, se han desarrollado varias consideraciones y tendencias; algunas han dado prioridad a la necesidad de la creación de estructuras organizativas, mientras que otras, considerando que la misma organización es, por naturaleza, es contradictoria al concepto de libertad, han formado una corriente de ideas que se puede esquematizar en lo que hoy llamamos aformalismo. Tanto las tendencias organizativas como las anti-organizativas, históricamente han constituido unos de los componentes del movimiento y ninguna de ellas puede apropiarse de su legado, considerando que su consideración es la única correcta y refleja la anarquía diacrónicamente. Anarquistas, anarcosindicalistas, individualistas, plataformistas, libertarios, todos han dado luchas a lo largo de la historia y son juzgados en base a sus opciones y sus errores. Momentos de heroísmo y de sacrificio, de lucha y de creación, derrotas y muertos, existen en todas las tendencias. Sin embargo, creemos que las grandes o pequeñas “victorias” que se hayan conseguido, históricamente pueden y deben ser atribuidas a las tendencias organizativas. La opción por la organización, así como sus formas propuestas reflejan unas circunstancias y necesidades históricas, pero sobre todo y principalmente, unas opciones y posiciones políticas.
Como anarquistas concebimos el término política en su generalidad, como aquel proceso que arranca de la interpretación de lo existente y mueve las cosas hacia la realización de lo deseado, de una manera total y consciente. No le regalamos al Poder el término política. Como colectividad, aceptamos la necesidad de la lucha política y nos situamos entre las corrientes anarquistas históricas que consideran necesaria la existencia de organizaciones políticas centrales de los anarquistas. En este contexto, consideramos necesaria también la distinción entre la lucha política y la social. La lucha política es realizada por colectivos políticos con propuestas, está basada en acuerdos generales que determinan una cosmovisión concreta, y presupone, en principio, la aceptación de ciertas posiciones fundamentales, de cuya profundización y extensión surge la acción política y las luchas en el campo político central. Por otro lado, la lucha social es realizada por sujetos sociales y por sus agrupaciones, que habiendo aceptado los diferentes grados de comprensión y percepción de la realidad, la amplitud de las posiciones políticas y las variaciones de las necesidades y deseos de los sujetos, optan por la síntesis más amplia posible, en la dirección de la intervención y la gestión de lo existente. A partir de estas diferencias surge la distinción entre las estructuras sociales de lucha auto-organizadas y las organizaciones políticas, así como su autonomía parcial.
El espacio (movimiento) anarquista en Grecia está históricamente apartado de la tradición anarquista mundial. En realidad nace en los años ’70 – período de intensas luchas sociales y de compromiso (militancia) político. Por lo tanto, tuvo que descubrir, desde el principio, una teoría y unas formas de acción. Esto tuvo varias consecuencias, algunas positivas, otras negativas. Como positivas consideramos la inexistencia de unas “pesas históricas”, el hecho de que no sufrió las distorsiones del movimiento anarquista de la posguerra en los países desarrollados y no vio las formas de su organización históricas convirtiéndose vehículos pesados-“fantasmas” de un pasado glorioso, y, por supuesto, el hecho de que se vio forzado a adquirir experiencias y crear sus propias reservas particulares con sus propias luchas. En el lado negativo se pueden incluir sus errores, a menudo dolorosos, los puntos muertos a los que se ha conducido y de vez en cuando sus derrotas, resultado esperado de un espacio político que carecía de riqueza política y de experiencias históricas. Con respecto a las características del “espacio” anarquista, podríamos anotar las siguientes: el hecho de que es una formación interclasista con un carácter juvenil y estudiantil marcado, el picoteo ecléctico de teorías políticas diferentes y a menudo contradictorias que oscilan desde la autonomía hasta el izquierdismo, las teorías situacionistas y la guerrilla urbana, su estrecha relación con la anticultura, la predominancia de la negación a nivel cultural, el hecho de que recibe en su seno a izquierdistas y a otros luchadores, de vez en cuando “arrepentidos” (cada vez que sus colectivos se desmembraban a causa de sus contradicciones y la dura realidad política), «iconos» y símbolos que van desde Aris Velujiotis[1] hasta Sid Vicious.Todo esto, en el contexto del rápido proceso de modernización burguesa y de la dominación ideológica del capitalismo post-industrial de las últimas décadas del siglo XX, ha hecho destacar el aformalismo como la forma dominante de existencia política del espacio anarquista. Por lo tanto, tenemos unas formas de organización aformalistas, en realidad elementales, que se caracterizan por su carácter ocasional, las propuestas difusas que dan pie a la expresión de muchas concepciones a veces borrosas y mutuamente contradictorias, las ideologizaciones unidimensionales y aisladas (que sustituían con su vehemencia a la falta de la globalidad y consistencia del discurso) y, por supuesto, y tal vez la característica más clara de todas, la sustitución de las relaciones políticas por relaciones sociales personales. Unas relaciones que, para ser honestos y justos, se reforzaron durante unas luchas duras, desiguales y a menudo perdidas, dadas por los anarquistas en los últimos años en Grecia. Todo esto en su totalidad, o sea el modelo aformalista, la incertidumbre política, la mediación en las relaciones sociales entre los sujetos políticos, y finalmente la formación de una comunidad combativa, constituyen lo que solemos llamar “espacio”.
Consideramos que la rebelión de diciembre de 2008 hizo destacar de la manera más obvia los límites de este modelo y ha puesto de manifiesto la existencia de una necesidad: que esta entidad latente que se vislumbra, se sofoca y se ahoga dentro del “espacio” anarquista, tome cuerpo, transformándose en un movimiento anarquista político real. La materia prima, o más bien algunos de sus ingredientes, parece que ya existen: la entrada masiva de nuevos compañeros en el movimiento, la aceptación por parte de una gran parte de anarquistas de la necesidad de participación en las luchas sociales, la quiebra, ya visible hasta a los más ingenuos, de los modelos que proponen la Izquierda o el liberalismo, la crisis generalizada (económica, institucional, política, social e incluso moral) que está experimentando la sociedad griega, la existencia de un gran número ya de compañeros y compañeras con experiencia y participación en las luchas. Sin embargo, si queremos que el “espacio” anarquista se transforme en un movimiento político real, debemos identificar y superar los obstáculos que ha levantado el hasta ahora vigente modelo aformalista, quedándonos a la vez de las ventajas que este pueda tener. Es algo que tiene que ser aclarado, ya que de ninguna manera queremos desprestigiar la totalidad de nuestra presencia hasta hoy.
Partiendo de esto nos conducimos a la esencia del problema: la falta de estructuras y procesos. Y debido a que no existen estructuras, no existe la posibilidad de llevar a cabo formaciones producidas en común que tengan una perspectiva. De este modo, no se puede realizar una verdadera deliberación política, cancelando de esta manera cualquier perspectiva de producción de un discurso completo que contenga propuestas y sus respectivas posiciones. El modelo existente descrito anteriormente promueve indirectamente una forma de individualización política, anulando cualquier proceso de colectivización. Esto tiene como consecuencia la existencia de un número desproporcionadamente grande de luchadores activos (proporcionalmente al tamaño del “espacio” y al número de los colectivos existentes), quienes se encuentran fuera de cualquier proceso colectivo, aunque sea poco evolucionado, y por lo tanto fuera de la toma de decisiones.
Al mismo tiempo, la falta de estructuras y procedimientos da paso a la sustitución de la deliberación política normalizada por los acuerdos (comunicación) entre los sujetos políticos, y por lo tanto, favorece la interacción de unas trayectorias en realidad individuales e históricas y a veces la aparición hasta de jerarquías informales. De esta manera se introducen en el contexto de la lucha muchos factores subjetivos, que pueden oscilar entre la tolerancia por amistad, hasta el rechazo por empatía. A su lado, pero no de menor importancia, se sitúa el refuerzo de los reflejos de la “costumbre”, en el marco de una percepción de tipo “nosotros, los anarquistas, siempre actuábamos así”, lo cual nos hace predecibles y, a veces pesados (lentos) e ineficaces. ¿Acaso hace falta decir cómo este hecho contrasta con el espíritu anarquista de la innovación, experimentación, cuestionamiento y de ruptura constante que distingue el anarquismo, y de hecho proponemos a los demás oprimidos con tanto énfasis, como una manera de luchar?






