jueves, 21 de noviembre de 2013

Del empleado en cuanto ser unidimensional


En los convulsos tiempos —edulcorados para unos, insoportables y desesperantes para otros— con los que nos ha tocado bregar, tener un empleo y, con él, una fuente estable y periódica de remuneración se ha convertido en una suerte de maná, una lotería cada vez más azarosa que se brinda caprichosamente según criterios aparentemente inescrutables. Quien más, quien menos, y siempre con la salvedad de los aún intocables funcionarios de carrera, la mayoría de nosotros miramos al futuro con la inseguridad de ignorar si lo peor del chaparrón ya ha pasado.
Tener un empleo al día de hoy parece el único escudo protector con el que capear el ciclo regresivo al que se enfrenta España actualmente, arrastrada por una economía de mercado cada vez más liberalizada donde el ladrillo ha terminado por ser el lastre que nos han colgado al cuello antes de arrojar nuestro cuerpo a las aguas de la desregulación salvaje. Sin embargo, la imperiosidad de la supervivencia al precio que sea ha acabado por construir un mantra invulnerable: por encima de todo, y según la suerte que nos ha tocado a cada cual, hemos de congratularnos de nuestro salario o, en el peor de los casos, aspirar a uno. Ahora más que nunca, nuestro sueño es trabajar.
Al margen de que resulte del todo obvio que la actividad asalariada sea la principal, o al menos la más recurrente, fuente de recursos para la satisfacción de las necesidades elementales, no quiero dejar  de pasar por alto la ocasión sin alertar del peligro que corremos actualmente, en mi opinión, quienes hemos acabado por reducir la naturaleza poliédrica de nuestras vidas, complejas y cargadas de afectos, aspiraciones e inquietudes, exclusivamente a un tiempo para la retención o la consecución de un trabajo.
Convertir al ser humano en un asalariado, o en alguien para quien dicho perfil es su única aspiración, nos retrotrae al universo dickensiano donde la vida de los hombres se reducía a trabajar, dormir y sobrevivir. El sociólogo José Félix Tezanos, hace no mucho tiempo, publicó un estudio según el cual la mayor parte de la población activa ya no consideraba su actividad laboral como uno de los rasgos definitorios de su identidad. Por el contrario, otras variables, como las aficiones, por ejemplo, pasaban a ocupar puesto preferenciales a la hora de valorar nuestros perfiles. La tremenda movilidad laboral y la cada vez más frecuente desconexión entre trabajo y estudios o vocación, permitían, en parte, valorar los resultados del estudio. Sin embargo, e ignorando si el profesor Tezanos ha actualizado su encuesta en los últimos años (esta fue hecha antes de la crisis), da la impresión de que, de llevarse a cabo dicha investigación justo ahora, el ciudadano medio quizás retomaría la cuestión de lo laboral como elemento identitario, pero desde un prisma exclusivamente binario: trabajador versus desempleado. Y no hay más. La “narratividad del yo”, en palabras de Jerome Bruner, pasa por la construcción de un relato autobiográfico donde el sujeto se convierte en protagonista de una historia que tiene como McGuffin, como elemento que hace avanzar la trama, la relación de aquel con la actividad laboral.
En los tiempos que corren la idea estigmatizante de estar sin empleo parece comenzar a deslizarse peligrosamente hacia el concepto judeocristiano de pecado. Aun en aquellos casos, cada vez más excepcionales, en los que las necesidades materiales puedan verse cubiertas y el individuo rellene su jornada con las suficientes actividades como para no tener que enfrentarse al descorazonador marasmo del aburrimiento, sobre la conciencia del sujeto en paro siempre sobrevuela un sentimiento de culpa cual dedo acusador. La sensación de fracaso e inferioridad acaba por minar la moral y destruirlo todo a su alrededor, al margen de que, en términos absolutos, no exista un respaldo ético que legitime la conveniencia moral de trabajar. Si David Graeber, en En deuda, una historia alternativa de la economía, se preguntaba por la naturaleza deontológica de los préstamos, llegando a la conclusión de que, en sentido estricto, nada obligaba a subsanar una deuda, aquí la pregunta es: al margen del dinero, ¿por qué trabajar? O digámoslo de otra manera: ¿por qué la posición del individuo respecto al sistema productivo se ha convertido en la piedra de toque de nuestra identidad?
Precisemos un poco más. Aquí ya no se trata de adoptar mensajes populistas al modo del opúsculo de Bob Black La abolición del trabajo, con su seductora y rupturista idea de rebelerse frente a la subordinación que marcan las asimétricas relaciones empleado-patrón. Tampoco consiste en reírle las gracias al filósofo Slavoj Žižek cuando en el documental Marx reloaded se pregunta por la ironía que supone buscar un empleo: “por favor, esclavíceme de nuevo; más que nada en este mundo anhelo ser sometido a los caprichosos designios de un jefe”. No. No van por ahí los tiros. Una cosa es reconocer que, para la mayor parte de nosotros, la subsistencia pasa por vender nuestra fuerza de trabajo a un extraño, y asumir que, dada la coyuntura actual, la impotencia de millones de españoles en su búsqueda de un empleo está llevando a una creciente marginalidad de la ya extinta clase media, con situaciones cada vez más y más desesperadas, y otra muy distinta claudicar ante el legítimo derecho de todos nosotros a vernos como seres humanos que actúan, piensan y se relacionan. Ante la casposa pregunta del “¿estudias o trabajas?”, reconvertida en “¿sigues en paro?”, llega la hora de responder “¿por qué?”
Y en este sentido la responsabilidad del movimiento sindical resulta clave. ¿No es acaso un oxímoron, un aserto contradictorio en su propia formulación, pedir “la emancipación de la clase obrera”? ¿Qué clase de broma semántica es esta? ¿Cómo se pretende conseguir dicha “independencia”? ¿Aumentando nuestros derechos laborales? Genial, pero, ¿deja el gato de ser felino por mejorar sus condiciones de vida félida? ¿No encubre acaso dicho lema un torticero afán de autoafirmación de las cúpulas sindicales desde el momento en el que el individuo queda reducido dentro del grupo a su simple condición de proletario?
Owen Jones, el jovencito responsable del interesante ensayo Chavs: la demonización de la clase obrera, tras analizar la evolución de la consideración social hacia la clase trabajadora en Inglaterra, teniendo como punto de inflexión el thatcherismo y el desmantelamiento de las organizaciones mineras en los años setenta y ochenta, carga contra la connivencia de unas centrales sindicales que se han negado a abrir los ojos ante las nuevas relaciones laborales de un mundo globalizado donde la movilidad, el auge del sector servicios y del llamado “cognitariado”, el trabajo en casa o la temporalidad hacen del todo imposible el uso de elementos de presión forjados en las condiciones de trabajo del siglo diecinueve, donde predominaba la actividad manual, la permanencia continuada en la misma fábrica y el contacto social constante con el resto de los trabajadores. ¿Cómo es posible, se pregunta Jones, que uno de los colectivos más desfavorecidos actualmente, como es el de los teleoperadores, cuente con un porcentaje bajísimo de afiliaciones entre las organizaciones obreras? ¿Cómo se pueden seguir manejando protocolos decimonónicos para la preparación de una huelga cuando la actividad laboral cada día tiene contornos más difusos desde el punto de vista espacio-temporal?
El maravilloso arte del ombliguismo sindical, irreflexivo y acrítico con frecuencia, parece estar actuando en contra de todos nosotros al reafirmarse en el uso de herramientas carentes ya de toda operatividad. En este sentido, convertirnos en individuos monolíticos definidos solo por nuestra ubicación (dentro o fuera, en realidad) en el sistema productivo no hace más que resaltar con luces de neón la naturaleza despiadada de los sistemas económicos postfeudales: o tienes un empleo o no existes, cara o cruz.
No hace mucho coincidí en la calle con un amigo al que llevaba sin ver un tiempo. Los tópicos del momento nos llevaron a preguntarnos por nuestra situación laboral actual. “Estoy con unas prácticas no remuneradas”, me dijo. “Menos da una piedra, al menos no estoy en casa”. Nos despedimos al rato, dejándome con la agridulce sensación de que ostentar ante los demás una situación laboral rayana en la esclavitud lleva camino de convertirse en un elemento de distinción social. Tengo trabajo, alguien que me manda. Vuelvo a existir.



José Antonio Calzón García es profesor en paro y escritor.

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