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"Alimenta, Cuida y Ama a tu Hij@, para que el sistema pueda explotar su Cuerpo, embotar su Mente y destruir su Alma"
Koan
Una ciudad sobrexpuesta.
Paul Virilio.
"La cámara se ha convertido en nuestro mejor inspector"
J.F. Kennedy
Después
de experimentar con la cámara que controla la circulación en las
autopistas y con la cámara antirrobo de los supermercados, la
policía municipal de Hoboken, en el distrito de Nueva York, decidió
"iluminar" completamente una de sus manzanas. Esta zona sería puesta
bajo vigilancia permanente con la ayuda de un circuito de
televisión conectado a la central de la ciudad. Si se cree en sus
promotores, el factor psicológico constituiría la mejor disuasión: "Las
patrullas de policía, declararon, son un lujo que ya no
podemos pagar".
La
crisis de la gran metrópolis, señalada por John Lindsay en el plano de
la gestión municipal, tendrá así, entre otras consecuencias,
la automatización de los servicios de inteligencia y la
centralización instantánea de las informaciones. Ya se sabe cuán
desarrollada estaba esta inquisición civil en la empresa norteamericana,
pero el interés de la experiencia de Hoboken consiste en que nos
muestra la culminación de la tendencia: la inversión de los medios de
comunicación de masas.
Cuando
la policía urbana substituye la patrulla motorizada con la vigilancia
televisual, hace que su presencia ya no sea sólo
ocasional: la hace pesar permanentemente sobre las idas y venidas de
todos. Ya no son más ciertos individuos, los delincuentes, quienes
toman la iniciativa de enfrentar en un punto la
representación del sistema, sino que el sistema precede y previene
los actos del conjunto social. Se abandona la idea de una represión
ejercida puntualmente por agentes más fuertes y más
numerosos, en provecho de un estado de opresión, de una violencia
inmanente a los lugares.
De
hecho, desde hace poco nos encontramos bajo los haces de un omnipresente
circo electrónico: desde los satélites hasta el helicóptero
(ese símbolo que podría reemplazar ventajosamente al águila de los
blasones), pasando por la pantalla de televisión del subte, en la que
aparece la consumación del genio de los hermanos Lumiére;
somos contados, sopesados, auscultados, hasta en nuestras
temperaturas, que los sensores infrarrojos testean para adivinar
nuestros desplazamientos y sorprender nuestros gestos.
Con el
fin de prevenir cualquier ataque a los Estados Unidos, un ordenador
traza permanentemente la ruta de los objetos aéreos y
espaciales con la ayuda de innumerables radares de persecución. En
Francia, el puesto de control vial de Rosnysous-Bois posee una inmensa
carta del territorio en la que se iluminan los
itinerarios congestionados... pero ¿quién nos alerta cuando nuestro
teléfono está conectado a una mesa de escucha o cuando, los días de
huelga, nos espía una cámara oculta en un cantero de flores
sobre la entrada de la universidad para alimentar los datos del
Servicio de Inteligencia?
Mientras
que los periódicos se esfuerzan por sobrevivir, mientras las noticias
de actualidad desaparecen de las pantallas del cine,
nadie parece evaluar el arsenal del acecho, esta jungla mal conocida
que algunos ya llaman "nuestras líneas de ausencia".
La casa de vidrio es el símbolo de una sociedad transparente,
sobreexpuesta a la obscenidad de la mirada policial. Así
como el rastrillaje urbano de los barrios nos recuerda la herencia
colonial, el muro-cortina nos devela una situación: detrás del mito de
una naturalidad reencontrada, de un alborozo general, se
insinúa el mito de la ubicuidad. Entonces se descubre la estrecha
relación entre el objetivo de los medios masivos de comunicación y el
objetivo de la arquitectura contemporánea. Desde la sede de
la ONU hasta la del PCF, se abusa, en efecto, de esta imagen de
exponer a la luz del día, de develar espacios interiores. Se percibe la
connivencia entre las necesidades militares y la rectitud
de los bulevares de Haussmann, pero parece ignorarse que la función
del arma y la del ojo son vecinas.
La
arquitectura de vidrio, que a veces se llama "arquitectura de luz",
proviene de una visión idílica de la sociedad: la de un
intercambio constante, de una intercomunicación entre los grupos que
habitan una misma unidad, una misma manzana. Se trataba de la visión
optimista de los años veinte, directamente inspirada en
la casa común de los utopistas rusos. Todo esto está muy lejos, y la
realidad urbana es muy otra. Basta con escuchar al nuevo prefecto de
París declarar que "la utilización de cortinas u otros
dispositivos que tengan por efecto suprimir, incluso parcialmente,
la transparencia de las terrazas de café no podrá ser tolerado" -o aún
oír al policía bórdales afirmar que la calle pertenece a
la policía"- para comprender que estamos lejos de la comunión
social, aunque esta última afirmación se encuentre más acá de la verdad,
porque se acaba de hacer el ensayo, en la Quinta
Circunscripción y en Massy-Antony de un nuevo cuerpo de agentes "de a
pie", cuyo objetivo es asegurar una defensa pasiva, circulando por los
patios, los sótanos ¡y hasta en los palieres de los
departamentos!
La vida
cotidiana se halla completamente dominada por las estrategias de una
fuerza militar-policial, y cada evento da la ocasión para
acrecentar su influencia no sólo sobre el "medio ambiente", sino
también sobre el hábitat.
El
espacio está saturado, desde la imagen de la ciudad pulverizada hasta
las más recientes técnicas de urbanismo que nos ofrecen una
representación fragmentaria. ¡Como si el campo libre desapareciera
totalmente en provecho de secuencias cinematográficas! "El cine,
escribía Kafka, es ponerle un uniforme al ojo"; ahora sabemos
de qué uniforme se trata.
Estos
sondeos, este barrido óptico de las calles, de las avenidas, el contador
vial que "cobra" los pasajes y en el que ya no se trata
de vehículos, sino de una materia compuesta llamada "flujo de
circulación", nos señalan que nos hemos convertido en la mercancía de la
informática, el capital de los bancos de datos. Se pone el
acento en el hecho de que nos volvemos beneficiarios de los medios
masivos de comunicación, raramente sobre el hecho que nos descubre
explotados por el arsenal electrónico.
Un
modelo del género lo probará: después de muchos meses, un programa de
televisión de Alemania Occidental realiza una hazaña: la
colaboración con la policía criminal "X Y" es su nombre. Se proyecta
simultáneamente en Alemania, Austria y Suiza. Cada vez, se abren ante
los telespectadores diez casos que corresponden a hechos
reales, desde asesinato hasta mero latrocinio. El programa
reconstruye el delito, muestra los objetos probatorios y, sobre todo,
ofrece una descripción de los sospechosos. A continuación, los
diez o quince millones de telespectadores son interrogados: ya sea
sobre el enigma en sí ya sea al nivel de los testimonios directos. Sobre
doscientos veinticinco casos propuestos, una centena
fueron resueltos gracias al concurso de la población alemana. Como
lo confesó el realizador del programa: "Apelando a la memoria visual o
auditiva de los telespectadores 'X.Y.' enseña un
comportamiento útil. Ya no se trata de un juego espectacular, sobre
todo se trata de favorecer la denuncia de los delitos, pues éste es un
deber cívico". No por ello los ganadores dejan de cobrar
una recompensa que ron-da los noventa mil francos.
Como se ve, se trata de un adiestramiento.
La policía, por intermedio de la televisión, interroga al cuerpo
social como el practicante lo hace con la computadora. Pero éste no es
el inocente interrogatorio de un conjunto técnico, sino el
interrogatorio de un criminal; un poco como si se preguntase a la
memoria electrónica sobre el desfallecimiento de uno de sus
semiconductores, se trata de hacer confesar un crimen al cuerpo
social, con el fin de favorecer la expulsión de uno de sus miembros.
Los procesos de denuncia sistemática llegan a buen puerto, los medios
masivos ya no informan, la sociedad informa al Estado
policial. La "liberación de la palabra" termina en la delación, la
"participación" en la cacería humana.
Para
comprender cabalmente esta situación, hay que relacionar esta nueva
guerra de ondas con las operaciones "a puertas abiertas", en
los cuarteles o las prefecturas de policía. El carácter temible de
la fuerza pública tiende a desaparecer, hábilmente disimulado bajo la
apariencia de un inofensivo servicio social. La
legitimación psicológica tanto como el enrolamiento de los curiosos,
espectadores o telespectadores, no son, aquí, más que una cuestión de
tiempo."

La Sociedad Mundial de Control*
Michael Hardt.
Deleuze
nos dice que la sociedad en la cual nosotros vivimos hoy es la sociedad
del control, término que se remonta al mundo paranoico
de William Burroughs. Deleuze afirma seguir a Michel Foucault cuando
propone esta visión, pero hay que reconocer que es difícil encontrar
dónde, en la obra de Michel Foucault (en libros,
artículos o entrevistas), hay un análisis claro del paso de la
sociedad disciplinaria a la sociedad de control. De hecho, con el
anuncio de este paso, Deleuze formula, después de la muerte de
Foucault, una idea que no se encuentra expresamente formulada en su
obra.
La
formulación de esta idea por Deleuze es, de todas maneras, muy escasa
–el artículo apenas tiene cinco páginas1 . Nos dice muy pocas
cosas concretas sobre la sociedad de control. Constata que las
instituciones que constituyen la sociedad disciplinaria –escuela ,
familia, hospital, prisión, fabrica, etc.– están en crisis. Los
muros de las instituciones se están derrumbando, de tal suerte que
sus lógicas disciplinarias no se han vuelto ineficaces, sino que más
bien se encuentran generalizadas bajo formas fluidas a
través de todo el campo social. El “espacio estriado” de las
instituciones de la sociedad disciplinaria cede el lugar al “espacio
liso” de la sociedad de control. O, para retomar la bella imagen
de Deleuze, los túneles estructurales del topo son reemplazados por
las ondulaciones infinitas de la serpiente. Allí donde la sociedad
disciplinaria forjaba moldes fijos, distintos, la sociedad
de control funciona con las redes flexibles, modulables, “como un
molde auto-deformante que cambia continuamente, de un instante a otro, o
como un tamiz en el que las mayas cambian de un punto a
otro”2 .
Deleuze
nos da, de hecho, una imagen simple de este paso, imagen sin duda bella y
poética, pero que no está suficientemente “definida”
para permitirnos comprender esta nueva forma de sociedad. Para
hacerlo, pretendo ponerla en relación con una serie de pasos que se han
propuesto como características de la sociedad contemporánea.
Voy entonces a intentar desarrollar la naturaleza de este paso,
poniéndola en relación con el paso de la sociedad moderna a la sociedad
posmoderna, tal como se presenta en la obra de autores como
Fredric Jameson, pero también con el “fin de la historia” descrito
por Francis Fucuyama, y con la nuevas formas de racismo en nuestras
sociedades según Étienne Balibar y otros investigadores.
Pero sobre todo, quiero situar la formación de la que habla Deleuze
en función de dos procesos que Toni Negri y yo hemos intentado elaborar
en el curso de estos últimos años: nosotros calificamos
el primero de estos procesos de debilitamiento de la sociedad civil,
lo que, como el paso a la sociedad de control, remite al declinar de
las funciones mediadoras de las instituciones sociales;
con el segundo, se juega el paso del imperialismo, logrado ante todo
por los estados-naciones europeas, al Imperio, en el nuevo orden
mundial que se despliega hoy en torno a los Estados Unidos,
con las instituciones transnacionales y el mercado mundial. Dicho de
otra manera, cuando hablo de Imperio entiendo una forma jurídica y una
forma de poder muy diferente de los viejos
imperialismos europeos. De un lado, según la antigua tradición, el
Imperio es el poder universal, el orden mundial, que se realiza por
primera vez hoy en día. De otro lado, el Imperio es la forma
de poder que tiene por objeto la naturaleza humana, y es de este
modo el bio-poder. Lo que quiero sugerir es que la forma social que toma
este nuevo Imperio no es más que la sociedad de control
mundial.
Ya no Hay Afuera.
El paso
de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control se caracteriza de
entrada por el hundimiento de los muros que definían
las instituciones. Cada vez menos se distinguirá entre el adentro y
el afuera. De hecho, es un elemento de cambio general en la manera como
el poder marca el espacio durante el paso de la
modernidad a la postmodernidad. La soberanía moderna siempre se ha
concebido en términos de territorio (real o imaginario) y de relación de
ese territorio con su afuera. Es así como los primeros
teóricos modernos de la sociedad, de Hobbes a Rousseau, comprendían
el orden civil como un espacio limitado e interior, que se opone o se
distingue del orden exterior de la naturaleza. El espacio
delimitado del orden civil, su lugar de ejercicio, se define por su
separación de los espacios exteriores de la naturaleza. De manera
análoga, los teóricos de la psicología moderna han
comprendido las pulsiones, las pasiones, los instintos y el
inconsciente metafóricamente en términos espaciales como un en-el-afuera
en el marco del espíritu humano, un prolongamiento de la
naturaleza enterrada en el fondo de nosotros mismos. La soberanía
del individuo reposa aquí sobre una relación dialéctica entre el orden
natural de las pulsiones y el orden civil de la razón y de
la conciencia. Para terminar, los diversos discursos de la
antropología moderna sobre las sociedades primitivas funcionan, muy
frecuentemente, como el afuera que define las fronteras del mundo
civil. El proceso de modernización reposa entonces, en esos
diferentes conceptos, sobre la interiorización de en-el-afuera de la
civilización de la naturaleza.
En el
mundo postmoderno, sin embargo, se acabó esta dialéctica entre adentro y
afuera, entre orden civil y orden natural. Como lo dice
Fredric Jameson: “el postmodernismo es lo que se obtiene cuando se
ha concluido el proceso de modernización, y la naturaleza, por su parte,
ha desaparecido”3 . Ciertamente, siempre tenemos la
floresta, las langostas y las tormentas en nuestro mundo, y creemos
todavía que nuestro psiquismo está sometido a la acción de instintos y
pasiones, pero no tenemos naturaleza, en el sentido en
que esas fuerzas y esos fenómenos ya no son comprendidos como
afuera, y no son percibidos como originales e independientes del
artificio del orden civil. En un mundo postmoderno, todos los
fenómenos y todas las fuerzas son artificiales, o, como lo dicen
algunos, hacen parte de la historia. La dialéctica moderna del adentro y
el afuera ha sido sustituida por un juego de grados y de
intensidades, de hibridación y de artificialidad.
En
segundo lugar, el en-el-afuera también ha declinado desde el punto de
vista de una dialéctica moderna muy diferente de la que
definía la relación entre lo público y lo privado en la teoría
política liberal. Los espacios públicos de la sociedad moderna que
constituían el lugar de la vida política liberal tienden a
desaparecer en el mundo postmoderno. Según la tradición liberal, el
individuo moderno, que está consigo en sus espacios privados, considera
lo público como su afuera. El afuera es el lugar propio
de la política donde la acción del individuo se encuentra expuesta a
los ojos de los otros y donde busca ser reconocido. Ahora bien, en los
procesos de postmodernización, esos espacios públicos
se ven cada vez más privatizados. El paisaje urbano ya no es el del
espacio público, del encuentro al azar y de la reunión de todos, sino el
de los espacios cerrados de las galerías comerciales,
de las autopistas y de las parcelaciones con entrada reservada. La
arquitectura y el urbanismo de algunas megalópolis, como Los Ángeles o
Sao Pablo, están tendiendo a limitar el acceso público y
la interacción, creando más bien una serie de espacios interiores,
protegidos y aislados. Igualmente podemos observar que las afueras
parisinas se han convertido en una serie de espacios amorfos
y no-definidos que favorecen el aislamiento, en detrimento de
cualquier interacción o comunicación. El espacio público ha sido
privatizado de tal manera que ya no es posible comprender la
organización social a partir de la dialéctica “espacios
privados-espacios públicos”, o “adentro-afuera”. El lugar de la
actividad política liberal moderna ha desaparecido, y así, desde ese
punto
de vista, nuestra sociedad imperial postmoderna se caracteriza por
un déficit de lo político. El lugar de la política ha sido desrealizado.
A este
respecto, el análisis de Guy Debord de la sociedad del espectáculo,
escrito hace treinta años, parece más apropiado y más actual
que nunca. En la sociedad postmoderna, el espectáculo es un lugar
virtual, o más exactamente, un no-lugar de la política. El espectáculo
es a la vez unificado y difuso, de tal manera que es
imposible distinguir un adentro de un afuera, lo natural de lo
social, lo privado de lo público. La noción liberal de lo público, como
el lugar de en-el-afuera donde nosotros actuamos bajo la
mirada de los otros, se encuentra a la vez universalizada (pues
nosotros estamos hoy permanentemente bajo la mirada del prójimo, bajo la
vigilancia de cámaras) y sublimada, o desrealizada, en los
espacios virtuales del espectáculo. Así, el fin de en-el-afuera es
el fin de la política liberal.
En fin,
en la perspectiva del Imperio, o del orden mundial actual, en un tercer
sentido ya no hay en-el-afuera, y este es un sentido
propiamente limitado. Cuando Francis Fucuyama afirma que el paso
histórico que estamos viviendo se define por el fin de la historia,
quiere decir que se acabó la edad de los grandes conflictos:
dicho de otra manera, la potencia soberana no confrontará su Otro,
ya no estará confrontada con su afuera, pero extenderá progresivamente
sus fronteras hasta abrazar el conjunto del planeta como
su dominio propio. Ha concluido la historia de las guerras
imperialistas, interimperialistas y antimperialistas. El fin de esta
historia introdujo el reino de la paz. Salvo que, en realidad,
hemos entrado en la era de los conflictos menores e interiores. Cada
guerra imperial es una guerra civil, una acción de policía –desde Los
Ángeles y la Isla de Granada hasta Mogadicio y
Sarajevo–. De hecho, la separación de las tareas entre el aparato
interior y exterior del poder (entre la policía y la armada, entre el
FBI y la CIA) se convierte cada vez más vaga y mal
determinada.
Para
nosotros, el fin de la historia del que habla Fucuyama marca el fin de
la crisis que está en el centro de la modernidad, con la
idea del conflicto coherente, que tiene una función de definición, y
que ha sido el fundamento y la razón de ser de la soberanía moderna. La
historia termina sólo en la medida en que se la
concebía en términos hegelianos: como el movimiento de una
dialéctica de las contradicciones, como el juego de las negaciones y las
superaciones absolutas. Las parejas que definían el conflicto
moderno se han desvanecido. El Otro, que podía limitar un Yo
soberano, se ha pulverizado y vuelto indistinto; de manera que ya no hay
afuera para limitar el lugar de la soberanía. Mientras que
durante la guerra fría, en una versión exagerada de la crisis de la
modernidad, cualquier enemigo imaginable (desde los clubes de jardinería
para damas o las películas de Holliwood hasta los
movimiento de liberación nacional) podía identificarse como
comunista, es decir, como formando parte del enemigo unificado (el
afuera era eso que daba a la crisis del mundo moderno e imperialista
su coherencia), hoy en día, para los ideólogos de los Estados Unidos
es cada vez más difícil señalar al enemigo, o más bien, parece que por
todas partes hay enemigos menores e imperceptibles. El
fin de la crisis de la modernidad da nacimiento a una proliferación
de crisis menores y mal definidas en la sociedad imperial del control, o
como preferimos decirlo, da nacimiento a una
omni-crisis.
No es
inútil recordar aquí que el mercado capitalista es una máquina que
siempre ha ido al encuentro de cualquier división entre el
adentro y el afuera. El mercado capitalista es contrariado por las
exclusiones, prospera incluyendo en su esfera efectivos siempre
crecientes. El provecho sólo puede ser generado por el contacto,
el desarrollo, el intercambio y el comercio. La realización del
mercado mundial constituirá la culminación de esta tendencia. Bajo su
forma ideal, no hay afuera del mercado mundial: todo el
planeta está en su dominio. Podríamos utilizar la forma del mercado
mundial como modelo para comprender en su integralidad la forma de la
soberanía imperial. De la misma manera como Foucault ha
reconocido en el panóptico el diagrama del poder moderno y de la
sociedad disciplinaria, el mercado mundial podría proporcionar una
arquitectura de diagrama (aún si no es una antiarquitectura)
para el poder imperial y la sociedad de control.
El
espacio estriado de la modernidad constituye un lugar perpetuamente
libre y fundado sobre un juego dialéctico con su afuera. El
espacio de la soberanía imperial, al contrario, es liso. Podría
parecer exento de las divisiones binarias de las fronteras modernas, o
de cualquier estriaje, pero, en realidad, está recorrido a
lo largo y ancho de tantas líneas de falla que sólo en apariencia
constituye un espacio continuo, uniforme. En ese sentido, la crisis
claramente definida de la modernidad, cede su lugar a una
omni-crisis en la estructura imperial. En ese espacio liso del
imperio, no hay un lugar del poder: él está en todas partes y en
ninguna. El Imperio es una u-topía, o mejor, un no-lugar.
El Racismo Imperial.
El final
del afuera, que caracteriza el paso de la sociedad disciplinaria a la
sociedad de control, muestra ciertamente uno de sus
rostros más extraordinarios en las configuraciones cambiantes del
racismo y de la alteridad en nuestras sociedades. De entrada, debemos
señalar que se ha vuelto cada vez más difícil identificar
las vías generales del racismo. De hecho, escuchamos decir
infatigablemente, de los políticos, de los medios, y aún de los
historiadores, que el racismo ha cedido progresivamente en las
sociedades modernas: desde el fin del esclavismo hasta los
conflictos de descolonización y los movimientos por los derechos
cívicos. Sin duda han declinado ciertas prácticas tradicionales
específicas del racismo, y podríamos estar tentados a ver en el fin
de las leyes del apartheid en África del Sur la clausura simbólica de
toda una época de segregación racial. Desde nuestro punto
de vista, sin embargo, es claro que por el contrario el racismo no
ha cedido y que, en realidad, ha progresado en el mundo contemporáneo,
tanto en extensión como en intensidad. Sólo parece haber
declinado porque ha cambiado de forma y de estrategias. Si tomamos
como paradigma de los racismos modernos las divisiones maniqueas entre
adentro y afuera y las prácticas de exclusión (en África
del Sur, en la ciudad colonial, en el Sur de los Estados Unidos o en
Palestina), debemos ahora plantear la pregunta: hoy en día, ¿cuáles son
las formas y las estrategias del racismo en la
sociedad imperial del control?
La demokracia para todos,
la lucha "anti-terrorista",
las masacres de Estado,
la reestructuración capitalista
y su Gran Obra de depuración
social,
por selección,
por precarización,
por normalización,
por "modernización".
Hemos visto, hemos comprendido.
Los métodos y los objetivos.
El destino que SE nos reserva.
El que SE nos niega.
El estado de excepción.
Las leyes que ponen a la policía, a la administración, a la magistratura por encima de las leyes.
La judicialización, la psiquiatrización, la medicalización de todo lo que se sale del cuadro.
De todo lo que huye.
Cuando el poder establece en tiempo real su propia legitimidad,
cuando su violencia se vuelve preventiva
y su derecho es un "derecho de injerencia",
entonces ya no sirve de nada tener razón.
Tener razón contra él.
Por ejemplo, hay golpes
que ya no SE nos darán.
El golpe de la "sociedad".
Por transformar.
Por destruir.
Por volver mejor.
El golpe del pacto social.
Que algunos quebrarían mientras que otros pueden fingir
"restaurarlo".
Estos golpes, no SE nos darán más.
Hay que ser un elemento militante de la pequeño-burguesía planetaria,
un ciudadano verdaderamente
para no ver que ya no existe,
la sociedad.
Que ha implosionado.
Que ya no es más que un argumento para el terror de los que dicen
re/presentarla.
A ella que se ha ausentado.
Todo lo que es social se nos ha vuelto extranjero.
Nosotros nos consideramos absolutamente desligados de toda obligación,
de toda prerrogativa,
de toda pertenencia social.
"La sociedad",
es el nombre que ha recibido a menudo lo Irreparable,
entre aquéllos que querían que también fuera
lo Inasumible.
Quien rechaza este cebo deberá dar
un paso de distancia.
Operar
un ligero desplazamiento
respecto de la lógica común del Imperio y de su contestación,
la de la movilización,
respecto de su común temporalidad,
la de la urgencia.
Volver a comenzar quiere decir: habitar esta distancia.
Asumir la esquizofrenia capitalista en el sentido de una facultad creciente de desubjetivación.
Desertar pero guardando las armas.
Huir, imperceptiblemente.
Volver a comenzar quiere decir: sumarse a la secesión social, a la opacidad,
entrar en
desmovilización,
sustrayendo hoy a tal o tal red imperial de producción-consumo los
medios de vivir y de luchar para, en el momento elegido,
barrenarla.
Nosotros hablamos de una nueva guerra,
de una nueva guerra de partisanos.
Sin frente ni uniforme,
sin ejército ni batalla decisiva.
Una guerra cuyos focos se despliegan a distancia de los flujos mercantiles aunque conectados a ellos.
Hablamos de una guerra totalmente en latencia.
Que tiene el tiempo.
De una guerra de posición.
Que se libra ahí donde estamos.
En el nombre de nadie.
En el nombre de la existencia misma,
que no tiene nombre.
Hago la experiencia de ese ligero desplazamiento.
La experiencia de mi
desubjetivación.
Yo devengo, me vuelvo una
singularidad cualquiera.
Un juego se insinúa entre mi presencia y todo el aparato de cualidades que me están ordinariamente
vinculadas.
En los ojos de un ser que, presente, quiere estimarme por lo que yo soy, saboreo la decepción, su decepción al ver
que he devenido tan común, tan perfectamente accesible.
En los gestos de otro, una inesperada complicidad.
Todo lo que me aísla como sujeto, como cuerpo dotado de una configuración pública de atributos, siento que se
derrite.
Los cuerpos se deshilachan en su límite.
En su límite, se indistinguen.
Barrio tras barrio, lo cualquiera arruina la equivalencia.
Y yo alcanzo una desnudez
nueva,
una desnudez impropia, como vestida de amor.
¿Se evade uno alguna vez solo de la prisión del Yo?
En la okupa. En la orgía. En la revuelta. En el tren o el pueblo ocupado. Nos volvemos a encontrar.
Nos volvemos a encontrar
como singularidades cualquiera.
Esto es, no sobre la base de una
común pertenencia,
sino de una común presencia.
Esta es nuestra necesidad de
comunismo.
La necesidad de espacios de noche,
donde podamos reencontrarnos
más allá de nuestros
predicados.
Más allá de la tiranía del reconocimiento.
Que impone el re/conocimiento como distancia final entre los cuerpos. Como ineluctable separación.
Todo lo que SE –el novio, la familia, el entorno, la empresa, el Estado, la opinión– me reconoce, es por ahí por
donde uno cree que SE me tiene.
Por el recuerdo constante de lo que soy, de mis cualidades, SE querría abstraerme de cada situación. SE me querría
exigir en toda circunstancia una fidelidad a mí mismo que es una fidelidad a mis predicados.
SE espera de mí que me comporte como hombre, empleado, desocupado, madre, militante o filósofo.
SE quiere contener entre los bordes de una identidad el curso imprevisible de mis devenires.
SE me quiere convertir a la religión de una coherencia que SE ha escogido para mí.
Cuanto más soy reconocida, más mis gestos se encuentran trabados, interiormente trabados.
Heme aquí capturada por la malla ultra-ajustada del nuevo poder.
En las redes impalpables de la nueva policía:
LA POLICÍA IMPERIAL DE LAS CUALIDADES.
Hay toda una red de dispositivos en los que me hundo para "integrarme", y que me incorporan esas
cualidades.
Todo un pequeño sistema de fichaje, de identificación y de ‘policiaje’ mutuos.
Toda una prescripción difusa de la ausencia.
Todo un aparato de control comporta/mental, que apunta al panoptismo, a la privatización transparencial, a la
atomización.
Y en el cual yo forcejeo.
Necesito devenir anónima. Para estar presente.
Cuanto más anónima soy, más estoy presente.
Necesito zonas de indistinción
para acceder a lo Común.
Para no reconocerme ya en mi nombre.
Para no escuchar en mi nombre sino la voz que lo llama.
Para hacer consistir el cómo de los seres, no lo que son, sino cómo son lo que son. Su forma-de-vida.
Necesito zonas de opacidad en donde los atributos,
incluso criminales, incluso geniales,
ya no se separen de los cuerpos.
Devenir cualquiera.
Devenir una singularidad cualquiera, no está dado.
Siempre posible, pero nunca dado.
Hay una política de la singularidad cualquiera.
Que consiste en arrancar al Imperio
las condiciones y los medios,
incluso intersticiales,
de experimentarse como tal.
Es una política, porque supone una capacidad de enfrentamiento,
y porque una nueva agregación humana
le corresponde.
Política de la singularidad cualquiera: liberar esos espacios en los que ningún acto es ya asignable a ningún cuerpo
dado.
Donde
los cuerpos reencuentran la aptitud al gesto que la sabia disposición
de los dispositivos metropolitanos
–ordenadores, automóviles, escuelas, cámaras, portátiles, gimnasios,
hospitales, televisiones, cines, etc.– les había disimulado.
Reconociéndolos.
Inmovilizándolos.
Haciendo que giren en el vacío.
Haciendo existir la cabeza separadamente del cuerpo.
Política de la singularidad cualquiera.
Un devenir-cualquiera es más revolucionario que todo ser-cualquiera.
Liberar los espacios nos libera cien veces más que todo "espacio liberado".
Más que de poner en acto un poder, gozo de la puesta en circulación de mi potencia.
La política de la singularidad cualquiera reside en la ofensiva. En las circunstancias, los momentos y los lugares en
los que serán arrancados
las circunstancias, los momentos y los lugares
de un anonimato tal,
de una parada momentánea en un estado de simplicidad,
de un anonimato tal,
la ocasión de extraer de todas nuestras formas la pura adecuación a la presencia,
la ocasión de estar y ser, al fin,
ahí.
El orden global no puede ser tomado por enemigo. Directamente.
Pues el orden global no tiene lugar. Al contrario. Es más bien del orden de los no-lugares.
Su perfección no es la de ser global, sino la de ser globalmente local. El orden global es la conjuración de todo acontecimiento porque es la ocupación
acabada, autoritaria, de lo local.
Uno no se opone al orden global sino localmente. Por la extensión de las zonas de sombra sobre los mapas del Imperio.
Por su puesta en contacto progresiva.
Subterránea.
Aprender a devenir indiscernibles. A confundirnos. Volver a degustar
el anonimato,
la promiscuidad.
Renunciar a la distinción,
Para desarticular la represión:
componer en el enfrentamiento las condiciones más favorables.
Volverse astutos. Devenir despiadados. Y para esto
devenir cualquieras.
La crítica
se
ha vuelto vana. La crítica se ha vuelto vana porque equivale a una
ausencia. En cuanto al orden dominante, todo el mundo sabe a qué
atenerse. Nosotros no tenemos
ya necesidad de teoría crítica. No tenemos necesidad de profesores. La crítica gira a favor de la dominación, desde
ahora. Incluso la crítica de la dominación.
Ella reproduce la ausencia. Nos habla desde donde no estamos. Nos propulsa a otra parte. Nos consume. Es cobarde. Y
permanece al abrigo cuando nos envía a una carnicería.
Secretamente enamorada de su objeto, no cesa de mentirnos.
De ahí los idilios tan cortos entre proletarios e intelectuales comprometidos.
Esos matrimonios de razón donde no se tiene la misma idea ni del placer ni de la libertad.
Más que nuevas críticas, son nuevas cartografías las que necesitamos.
Cartografías no del Imperio, sino de las líneas de fuga hacia fuera de él.
¿Cómo hacer? Necesitamos mapas. No mapas de lo que está fuera del mapa.
Sino mapas de navegación. Mapas marítimos. Herramientas de orientación. Que no tratan de decir, de representar lo que
hay en el interior de los diferentes archipiélagos de la deserción, sino que nos indican cómo llegar, cómo unirnos a ellos.
Portulanos.

ciudad
tecnicolor
Las periferias urbanas de los países del Tercer Mundo se han convertido en escenarios de guerra, donde los Estados
intentan mantener un orden asentado en el establecimiento de una suerte de "cordón sanitario" que consiga aislar a los pobres de la sociedad "normal".
"Fuentes del Ejército confirmaron que las técnicas empleadas en la ocupación de la favela Morro da Providéncia, son
las mismas que las tropas brasileñas utilizan en la misión de paz de las Naciones Unidas en Haití"1.
Este
reconocimiento de las Fuerzas Armadas de Brasil, explica en gran medida
el interés que tiene el gobierno de Lula
da Silva en que las tropas de su país se mantengan en la isla
caribeña: se trata de poner a prueba estrategias de contención en los
barrios pobres de Puerto Príncipe (capital de Haití), que han
sido diseñadas para su aplicación en las favelas de Rio de Janeiro,
Sao Paulo y otras grandes ciudades.
Pero
la noticia publicada por el diario Estado de Sao Paulo va más lejos al
desnudar la forma de operar de los
militares. El general que dirige la ocupación de la favela Morro da
Providéncia por 200 soldados, William Soares, comandó la 9a. Brigada de
Infantería Motorizada en Haití. Los soldados instalaron
ametralladoras en "la única plaza de la comunidad, transformada en
base militar", que fueron retiradas para facilitar el diálogo con la
población. En la reunión con la Asociación de Pobladores,
el general Soares "prometió obras, fiesta de Navidad con
distribución de regalos para los niños, colonia de vacaciones,
proyección de filmes, atención médica y sanitaria".
Según
informó el diario, "en contrapartida el Ejército está recogiendo
informaciones sobre la favela y sus
habitantes. Los militares filmaron y fotografiaron la reunión y todo
el movimiento de las tropas". El general Soares realizó todas esas
promesas para "aplacar la revuelta de los líderes
comunitarios contra el proyecto social previsto para la favela".
Los pobres urbanos como amenaza.
El urbanista estadunidense Mike Davis analiza las periferias urbanas desde su compromiso con el cambio social. Una
sola frase sintetiza su análisis:
"Los suburbios de las ciudades del Tercer Mundo son el nuevo escenario geopolítico decisivo"2.
Asegura que los estrategas del Pentágono están dando mucha importancia al urbanismo y la arquitectura, ya que esas periferias son "uno de los grandes retos que deparará el
futuro a las tecnologías bélicas y a los proyectos imperiales".
En
efecto, un estudio de las Naciones Unidas estima que mil millones de
personas viven en las barriadas periféricas
de las ciudades del Tercer Mundo y que los pobres de las grandes
ciudades del mundo trepan a dos mil millones, un tercio de la humanidad.
Esas cifras se duplicarán en los próximos 15 a 20 años,
ya que el crecimiento de la población mundial se producirá
íntegramente en las ciudades y un 95% se registrará en los suburbios de
las ciudades del sur3.
La
situación es más grave aún de lo que muestran los números: la
urbanización, como señala Mike Davis, se ha
desconectado y autonomizado de la industrialización y aún del
crecimiento económico, lo que implica una "desconexión estructural y
permanente de muchos habitantes de la ciudad respecto de la
economía formal".
Por
otro lado, observa que "en la última década los pobres—y me refiero no
sólo a los de los barrios clásicos que
mostraban ya niveles altos de organización, sino también a los
nuevos pobres de las periferias—se han estado organizando a gran escala,
ya sea en una ciudad iraquí como Ciudad Sadr o en Buenos
Aires".
En
América Latina los principales desafíos al dominio de las elites han
surgido del corazón de las barriadas pobres:
desde el Caracazo de 1989 hasta la comuna de Oaxaca en 2006. Prueba
de ello son los levantamientos populares de Asunción en marzo de 1999,
Quito en febrero de 1997 y enero de 2000, Lima y
Cochabamba en abril de 2000, Buenos Aires en diciembre de 2001,
Arequipa en junio de 2002, Caracas en abril de 2002, La Paz en febrero
de 2003 y El Alto en octubre de 2003, por mencionar sólo los
casos más relevantes.
Más
aún: las periferias urbanas se han convertido en los espacios desde los
que los grupos subalternos han lanzado
los más formidables desafíos al Sistema, hasta convertirse en algo
así como contrapoderes populares. Mike Davis tiene razón: el control de los pobres urbanos es el objetivo más importante que se han trazado tanto los gobiernos como
los organismos financieros globales y las fuerzas armadas de los países más importantes.
Muchas
grandes ciudades latinoamericanas parecen por momentos al borde de la
explosión social y varias de ellas han
venido estallando en las dos últimas décadas por los motivos más
diversos. El temor de los poderosos parece apuntar en una doble
dirección: aplazar o hacer inviable el estallido o la insurrección
y, por otro lado, evitar que se consoliden esos "agujeros negros"
fuera del control estatal donde surgen los principales desafíos a las
elites.
Las nuevas estrategias militares.
Las
publicaciones dedicadas al pensamiento militar, así como los análisis
de los organismos financieros, dedican en
los últimos años amplios espacios a abordar los desafíos que
presentan las pandillas, y a debatir los nuevos problemas que plantea la
guerra urbana. Los conceptos de "guerra asimétrica" y de
"guerra de cuarta generación" son respuestas a problemas idénticos a
los que plantean las periferias urbanas del Tercer Mundo: el nacimiento
de un tipo de guerra contra enemigos no estatales, en
el que la superioridad militar no juega un papel decisivo.
William
Lind, director del Centro para el Conservadurismo Cultural de la
Fundación del Congreso Libre, asegura que el
Estado ha perdido el monopolio de la guerra y las elites sienten que
los "peligros" se multiplican. "En casi todos los lugares, el Estado
está perdiendo"4.
Pese a ser partidario de abandonar Irak lo antes posible, Lind defiende
la "guerra total" que supone enfrentar a los enemigos en todos los
terrenos: económicos, culturales, sociales, políticos,
comunicacionales y también militares.
Un
buen ejemplo de esta guerra de espectro total, es su creencia de que
los peligros para la hegemonía estadounidense
anidan en todos los aspectos de la vida cotidiana o, si se prefiere,
en la vida a secas. A modo de ejemplo, considera que "en la guerra de
cuarta generación, la invasión mediante la inmigración
puede ser tan peligrosa como la invasión que emplea un ejército de
Estado". Los nuevos problemas que nacen a raíz de la "crisis universal
de legitimidad del Estado" ponen en el centro a los
"enemigos no estatales". Esto lo lleva a concluir con una doble
advertencia a los mandos militares: ninguna fuerza armada ha logrado
éxito ante un enemigo no estatal.
Este
problema está en el núcleo del nuevo pensamiento militar, que debe ser
reformulado completamente para asumir
desafíos que antes correspondían a las áreas "civiles" del aparato
estatal. La militarización de la sociedad para recuperar el control de
las periferias urbanas no es suficiente, como lo revela
la experiencia militar reciente en el Tercer Mundo.
Los
mandos militares que se desempeñan en Irak parecen tener clara
conciencia de los problemas que deben enfrentar.
El general de división Peter W. Chiarelli, en base a su reciente
experiencia en Bagdad en el suburbio de Ciudad Sadr, sostiene que la
seguridad es el objetivo a largo plazo, pero no se consigue
con acciones militares. "Las operaciones de combate proporcionarían
las victorias posibles a corto plazo (...) pero a la larga, sería el
comienzo del fin. En el mejor de los casos, causaríamos la
expansión de la insurgencia"5.
Eso
implica que las dos líneas de acción tradicionales de las Fuerzas
Armadas, las operaciones de combate y el
adiestramiento de fuerzas de seguridad locales, son insuficientes.
Se propone por lo tanto asumir tres líneas de acción "no tradicionales",
o sea aquellas que antes correspondían al gobierno y a
la sociedad civil: dotar a la población de servicios esenciales,
construir una forma de gobierno legítimo y potenciar el "pluralismo
económico", o sea la economía de mercado.
Con
las obras de infraestructura buscan mejorar la situación de la
población más pobre y a la vez crear fuentes de
empleo que sirvan para enviarles señales visibles de progreso. En
segundo lugar, crear un régimen "democrático" es considerado un punto
esencial para legitimar todo el proceso. Para los mandos de
Estados Unidos en Irak, el "punto de penetración" de sus tropas
fueron las elecciones del 30 de enero de 2005. En el pensamiento
estratégico la democracia queda reducida a la emisión del
voto.
Por
último, mediante la expansión de la lógica del mercado, que busca
"aburguesar los centros de las ciudades y crear
concentraciones de empresas" que se conviertan en un sector dinámico
que impulse al resto de la sociedad, se intenta reducir la capacidad de
reclutamiento de los insurgentes6. En adelante, la población pobre de las periferias urbanas será, en la jerga militar, "el centro de gravedad estratégico y
operacional".
Este
conjunto de mecanismos es lo que hoy las fuerzas armadas de la
principal potencial global consideran como la
forma de obtener "seguridad verdadera a largo plazo". De este modo,
la "democracia", la expansión de los servicios y la economía de mercado
dejan de ser derechos ciudadanos o bien objetivos
moralmente deseables para convertirse en engranajes de una estrategia de control militar de la
población o de una región del mundo, y, por supuesto, de sus recursos.
Seguridad y cooperación: dos caras de una estrategia.
Después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo
Internacional (USAID) "ha jugado un rol cada vez más prominente en la Guerra Contra el Terrorismo"7.
Los programas estadounidenses
para el desarrollo, no se dirigen a la población que más los
necesita sino a las "poblaciones y regiones consideradas de alto
riesgo", según la estrategia del Pentágono.
Para
los estrategas militares, los programas de la USAID juegan un papel
destacado "en negar refugio y financiación a
los terroristas al disminuir las condiciones subyacentes que causan
que las poblaciones locales sean vulnerables al reclutamiento por parte
de los terroristas". Del mismo modo, "los programas de
USAID destinados a fortalecer una gobernabilidad efectiva y legítima
son reconocidos como instrumentos claves para tratar con la
contrainsurgencia".
La
estrategia del Pentágono es buscar la seguridad para los Estados
Unidos, y para ello utiliza la "democracia" y la
"ayuda para el desarrollo" como medios complementarios de la acción
militar. El coronel Baltazar sostiene que "el desarrollo refuerza la
diplomacia y la defensa, reduciendo así las amenazas de
largo plazo a nuestra seguridad nacional al ayudar el proceso de
fortalecer sociedades estables, prósperas y pacíficas".
Parece necesario enfatizar que la cooperación internacional, la ayuda al desarrollo y el combate a la pobreza—algunos
de los eslóganes predilectos del Banco Mundial y otras agencias financieras—son apenas estrategias de control y subordinación de la
población "potencialmente" rebelde o resistente a los objetivos de la multinacionales estadounidenses.
El
análisis del Pentágono sobre la realidad africana, identificó según el
coronel Baltazar, "las causas del
extremismo", destacando entre ellas la existencia de "grandes
poblaciones ya sea marginadas o privadas del derecho de voto y la
exclusión del proceso político como las causas claves de
inestabilidad en la región".
La
democracia electoral y el desarrollo son necesarios como forma de
prevenir el terrorismo, pero no son objetivos en
sí mismos. En las circunstancias de países con estados débiles y
altas concentraciones de pobres urbanos, las fuerzas armadas son las que
ocupan durante un tiempo el lugar del soberano,
reconstruyen el Estado y ponen en marcha—de modo absolutamente
vertical y autoritario—los mecanismos que aseguran la continuidad de la
dominación.
En
Irak, estas políticas tienen su contracara y complemento en la
edificación de grandes muros para separar decenas
de barrios de Bagdad. Según el escritor y arabista Santiago Alba
Rico, la construcción de muros en diez barrios de la capital iraquí
busca que cada vecindario se convierta en "un armario
acorazado cuyos habitantes son clasificados o abandonados en cajones
cerrados y recintos estancos"8.
La
lógica es muy simple: "Los barrios que no han podido ser doblegados
militarmente, son amurallados, precintados y
abandonados a su suerte. Zonas completas de la ciudad han sido
delimitadas y segregadas con los vecinos confinados en su interior,
sometidos a controles tan férreos—de entrada y de salida—que
puede hablarse sin vacilación de una política de ghetto".
En
otras partes del mundo, no hacen falta muros de cemento para aislar y
separar los barrios periféricos. Se levantan
muros simbólicos tejidos en base a las diferencias de color, forma
de vestir y modo de habitar el espacio. Pero los resultados y los
objetivos son idénticos.
Los
mecanismos de control—tengan ropajes militares, sean ONGs para el
desarrollo o promuevan la economía de mercado y
la democracia electoral—aparecen entrelazados y, en casos extremos
como los barrios de Bagdad, las favelas de Rio de Janeiro o las
barriadas de Puerto Príncipe en Haití, aparecen subordinados a
los planes militares.
En Brasil, por poner apenas un ejemplo, se aplican diversas formas de control de modo simultáneo: el plan Hambre Cero
es compatible con la militarización de las favelas.
En su reflexión sobre el nazismo en su texto "Sobre el concepto de historia", el escritor alemán Walter Benjamin
asegura que "la tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción
en el que
vivimos es la regla". La política de Estados Unidos después de los
atentados del 11 de septiembre de 2001 se ajusta al concepto de "estado
de excepción permanente".
El
"estado de excepción" -que suspende los derechos de los ciudadanos y
militariza zonas y países enteros-, se aplica
de modo indistinto en situaciones y por razones muy diversas, desde
problemas políticos internos hasta amenazas exteriores, desde una
emergencia económica hasta un desastre natural.
En
efecto, el estado de excepción se aplicó en situaciones como la crisis
económico-financiera argentina que
eclosionó en diciembre de 2001 en un amplio movimiento social; para
enfrentar los efectos del huracán Katrina en Nueva Orleáns; para
contener la rebelión de los inmigrantes pobres de las
periferias de las ciudades francesas en 2005. Lo común, más allá de
circunstancias y países, es que en todos los casos se aplica para
contener a los pobres de las ciudades.
Notas
Estado de Sao Paulo, "Exército admite uso de tática do Haití em favela do Rio", 15 de diciembre der 2007.
Mike Davis en www.rebelion.org
Mike Davis en www.sinpermiso.info
William Lind, ob .cit.
Military Review, noviembre-diciembre de 2005, p.15.
Idem, p. 12.
Thomas Baltazar, citado en Miltary Review, ob. cit.
Santiago Alba Rico, ob. cit.
caverna 23.