Aquí no hay propiedades, hay unidad, hay solidaridad, hay humanismo, hay seres humanos intentando salir juntos de este fango que es el sistema que nos controla, atemoriza y confunde.
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"Alimenta, Cuida y Ama a tu Hij@, para que el sistema pueda explotar su Cuerpo, embotar su Mente y destruir su Alma"
Koan
viernes, 21 de febrero de 2014
La ideología social del automóvil
Escrito en 1973, este ensayo de Gorz sobre la desigualdad inherente al uso del automóvil y la forma en que degrada el espacio urbano es un clásico que no ha envejecido
El mayor defecto de los automóviles es que son como castillos o fincas a orillas del mar: bienes de lujo inventados para el placer exclusivo de una minoría muy rica, y que nunca estuvieron, en su concepción y naturaleza, destinados al pueblo. A diferencia de la aspiradora, la radio o la bicicleta, que conservan su valor de uso aun cuando todo el mundo posee una, el automóvil, como la finca a orillas del mar, no tiene ningún interés ni ofrece ningún beneficio salvo en la medida en que la masa no puede poseer uno. Así, tanto en su concepción como en su propósito original, el auto es un bien de lujo. Y el lujo, por definición, no se democratiza: si todo el mundo tiene acceso al lujo, nadie le saca provecho; por el contrario, todo el mundo estafa, usurpa y despoja a los otros y es estafado, usurpado y despojado por ellos.
Resulta bastante común admitir esto cuando se trata de fincas a la orilla del mar. Ningún demagogo ha osado todavía pretender que la democratización del derecho a las vacaciones supondría una finca con playa privada por cada familia francesa. Todos entienden que, si cada una de los trece o catorce millones de familias hiciera uso de diez metros de costa, se necesitarían 140,000 kilómetros de playa para que todo el mundo se diera por bien servido. Dar a cada quien su porción implicaría recortar las playas en tiras tan pequeñas –o acomodar las fincas tan cerca unas de otras– que su valor de uso se volvería nulo y desaparecería cualquier tipo de ventaja que pudieran tener sobre un complejo hotelero. En suma, la democratización del acceso a las playas no admite más que una solución: la solución colectivista. Y esta solución entra necesariamente en conflicto con el lujo de la playa privada, privilegio del que una pequeña minoría se apodera a expensas del resto.
Ahora bien, ¿por qué aquello que parece evidente en el caso de las playas no lo es en el caso de los transportes? Un automóvil, al igual que una finca con playa, ¿no ocupa acaso un espacio que escasea? ¿Acaso no priva a los otros que utilizan las calles (peatones, ciclistas, usuarios de tranvías o autobuses)? ¿No pierde acaso todo su valor de uso cuando todo el mundo utiliza el suyo? Y a pesar de esto hay muchos demagogos que afirman que cada familia tiene derecho a, por lo menos, un coche, y que recae en el “Estado” del que forma parte la responsabilidad de que todos puedan estacionarse cómodamente y circular a ciento cincuenta kilómetros por hora por las carreteras.
La monstruosidad de esta demagogia salta a la vista y, sin embargo, ni siquiera la izquierda la rechaza. ¿Por qué se trata al automóvil como vaca sagrada? ¿Por qué, a diferencia de otros bienes “privativos”, no se le reconoce como un lujo antisocial? La respuesta debe buscarse en los siguientes dos aspectos del automovilismo.
1. El automovilismo de masa materializa un triunfo absoluto de la ideología burguesa al nivel de la práctica cotidiana: funda y sustenta, en cada quien, la creencia ilusoria de que cada individuo puede prevalecer y beneficiarse a expensas de todos los demás. El egoísmo agresivo y cruel del conductor que, a cada minuto, asesina simbólicamente a “los demás”, a quienes ya no percibe más que como estorbos materiales y obstáculos que se interponen a su propia velocidad, ese egoísmo agresivo y competitivo es el advenimiento, gracias al automovilismo cotidiano, de una conducta universalmente burguesa. […]
2. El automovilismo ofrece el ejemplo contradictorio de un objeto de lujo desvalorizado por su propia difusión. Pero esta desvalorización práctica aún no ha causado su desvalorización ideológica: el mito del atractivo y las ventajas del auto persiste mientras que los transportes colectivos, si se expandieran, pondrían en evidencia una estridente superioridad. La persistencia de este mito se explica con facilidad: la generalización del automóvil individual ha excluido a los transportes colectivos, modificado el urbanismo y el hábitat y transferido al automóvil funciones que su propia difusión ha vuelto necesarias. Hará falta una revolución ideológica (“cultural”) para romper el círculo. Obviamente no debe esperarse que sea la clase dominante (de derecha o de izquierda) la que lo haga.
Observemos estos dos puntos con detenimiento.
Cuando se inventó el automóvil, este debía procurar a unos cuantos burgueses muy ricos un privilegio absolutamente inédito: el de circular mucho más rápido que los demás. Nadie hubiera podido imaginar eso hasta ese momento. La velocidad de todas las diligencias era esencialmente la misma, tanto para los ricos como para los pobres. La carreta del rico no iba más rápido que la del campesino, y los trenes transportaban a todo el mundo a la misma velocidad (no adoptaron velocidades distintas sino hasta que empezaron a competir con el automóvil y el avión). No había, hasta el cambio de siglo, una velocidad de desplazamiento para la élite y otra para el pueblo. El auto cambiaría esto: por primera vez extendía la diferencia de clases a la velocidad y al medio de transporte.
Este medio de transporte pareció en un principio inaccesible para la masa –era muy diferente de los medios ordinarios. No había comparación entre el automóvil y todo el resto: la carreta, el ferrocarril, la bicicleta o el carro tirado por caballos. Seres excepcionales se paseaban a bordo de un vehículo remolcado que pesaba por lo menos una tonelada y cuyos órganos mecánicos extremadamente complicados eran muy misteriosos y se ocultaban de nuestro campo de visión. Pues un aspecto importante del mito del automóvil es que por primera vez la gente montaba vehículos privados cuyos sistemas operativos le eran totalmente desconocidos y cuyo mantenimiento y alimentación había que confiar a especialistas.
La paradoja del automóvil estribaba en que parecía conferir a sus dueños una independencia sin límites, al permitirles desplazarse de acuerdo con la hora y los itinerarios de su elección y a una velocidad igual o superior que la del ferrocarril. Pero, en realidad, esta aparente autonomía tenía como contraparte una dependencia extrema. A diferencia del jinete, el carretero o el ciclista, el automovilista dependería de comerciantes y especialistas de la carburación, la lubrificación, el encendido y el intercambio de piezas estándar para alimentar el coche o reparar la menor avería. Al revés de los dueños anteriores de medios de locomoción, el automovilista establecería un vínculo de usuario y consumidor –y no de poseedor o maestro– con el vehículo del que era dueño. Dicho de otro modo, este vehículo lo obligaría a consumir y utilizar una cantidad de servicios comerciales y productos industriales que sólo terceros podrían procurarle. La aparente autonomía del propietario de un automóvil escondía una dependencia enorme.
Los magnates del petróleo fueron los primeros en darse cuenta del partido que se le podría sacar a una gran difusión del automóvil. Si se convencía al pueblo de circular en un auto a motor, se le podría vender la energía necesaria para su propulsión. Por primera vez en la historia los hombres dependerían, para su locomoción, de una fuente de energía comercial. Habría tantos clientes de la industria petrolera como automovilistas –y como por cada automovilista habría una familia, el pueblo entero sería cliente de los petroleros. La situación soñada por todo capitalista estaba a punto de convertirse en realidad: todos dependerían, para satisfacer sus necesidades cotidianas, de una mercancía cuyo monopolio sustentaría una sola industria.
Lo único que hacía falta era lograr que la población manejara automóviles. Apenas sería necesaria una poca de persuasión. Bastaría con bajar el precio del auto mediante la producción en masa y el montaje en cadena. La gente se apresuraría a comprar uno. Tanto se apresuró la gente que no se dio cuenta de que se le estaba manipulando. ¿Qué le prometía la industria automóvil? Esto: “Usted también, a partir de ahora, tendrá el privilegio de circular, como los ricos y los burgueses, más rápido que todo el mundo. En la sociedad del automóvil el privilegio de la élite está a su disposición.”
La gente se lanzó a comprar coches hasta que, al ver que la clase obrera también tenía acceso a ellos, advirtió con frustración que se le había engañado. Se le había prometido, a esta gente, un privilegio propio de la burguesía; esta gente se había endeudado y ahora resultaba que todo el mundo tenía acceso a los coches a un mismo tiempo. ¿Pero qué es un privilegio si todo el mundo tiene acceso a él? Es una trampa para tontos. Peor aún: pone a todos contra todos. Es una parálisis general causada por una riña general. Pues, cuando todo el mundo pretende circular a la velocidad privilegiada de los burgueses, el resultado es que todo se detiene y la velocidad del tráfico en la ciudad cae, tanto en Boston como en París, en Roma como en Londres, por debajo de la velocidad de la carroza; y en horas pico la velocidad promedio en las carreteras está por debajo de la velocidad de un ciclista.
Nada sirve. Ya se ha intentado todo. Cualquier medida termina empeorando la situación. Tanto si se aumentan las vías rápidas como si se incrementan las vías circulares o transversales, el número de carriles y los peajes, el resultado es siempre el mismo: cuantas más vías se ponen en funcionamiento, más coches las obstruyen y más paralizante se vuelve la congestión de la circulación urbana. Mientras haya ciudades, el problema seguirá sin tener solución. Por más ancha y rápida que sea una carretera, la velocidad con que los vehículos deban dejarla atrás para entrar en la ciudad no podrá ser mayor que la velocidad promedio de las calles de la ciudad. Puesto que en París esta velocidad es de diez a veinte kilómetros por hora según qué hora sea, no se podrá salir de las carreteras a más de diez o veinte kilómetros por hora.
Esto ocurre en todas las ciudades. Es imposible circular a más de un promedio de veinte kilómetros por hora en el entramado de calles, avenidas y bulevares entrecruzados que caracterizan a las ciudades tradicionales. La introducción de vehículos más rápidos irrumpe inevitablemente con el tráfico de una ciudad y causa embotellamientos y, finalmente, una parálisis absoluta.
Si el automóvil tiene que prevalecer, no queda más que una solución: suprimir las ciudades, es decir, expandirlas a lo largo de cientos de kilómetros, de vías monumentales, expandirlas a las afueras. Esto es lo que se ha hecho en Estados Unidos. Iván Illich resume el resultado en estas cifras estremecedoras: “El estadounidense tipo dedica más de 1,500 horas por año (es decir, 30 horas por semana, o cuatro horas por día, domingo incluido) a su coche: esto comprende las horas que pasa frente al volante, en marcha o detenido, las horas necesarias de trabajo para pagarlo y para pagar la gasolina, los neumáticos, los peajes, el seguro, las infracciones y los impuestos […] Este estadounidense necesita entonces 1,500 horas para recorrer (en un año) 10,000 kilómetros. Seis kilómetros le toman una hora. En los países que no cuentan con una industria de transportes, las personas se desplazan exactamente a esa velocidad caminando, con la ventaja adicional de que pueden ir adonde sea y no sólo a lo largo de calles de asfalto.”
Es cierto, añade Illich, que en los países no industrializados los desplazamientos no absorben más que de dos a ocho por ciento del tiempo social (lo cual corresponde a entre dos y seis horas por semana). Conclusión: el hombre que se desplaza a pie cubre tantos kilómetros en una hora dedicada al transporte como el hombre motorizado, pero dedica de cinco a seis veces menos de tiempo que este último. Moraleja: cuanto más difunde una sociedad estos vehículos rápidos, más tiempo dedican y pierden las personas en desplazarse. Pura matemática.
¿La razón? Acabamos de verla. Las ciudades y los pueblos se han convertido en infinitos suburbios de carretera, ya que esta era la única manera de evitar la congestión vehicular de los centros habitacionales. Pero esta solución tiene un reverso evidente: las personas pueden circular cómodamente sólo porque están lejos de todo. Para hacer un espacio al automóvil se han multiplicado las distancias. Se vive lejos del lugar de trabajo, lejos de la escuela, lejos del supermercado –lo cual exige un segundo automóvil para que “el ama de casa” pueda hacer las compras y llevar a los niños a la escuela. ¿Salir a pasear? Ni hablar. ¿Tener amigos? Para eso se tienen vecinos. El auto, a fin de cuentas, hace perder más tiempo que el que logra economizar y crea más distancias que las que consigue sortear. Por supuesto, puede uno ir al trabajo a cien kilómetros por hora. Pero esto es gracias a que uno vive a cincuenta kilómetros del trabajo y acepta perder media hora recorriendo los últimos diez. En pocas palabras: “Las personas trabajan durante una buena parte del día para pagar los desplazamientos necesarios para ir al trabajo” (Iván Illich).
Quizás esté pensando: “Al menos de esa manera puede uno escapar del infierno de la ciudad una vez que se acaba la jornada de trabajo.” “La ciudad” es percibida como “el infierno”; no se piensa más que en evadirla o en irse a vivir a la provincia mientras que, por generaciones enteras, la gran ciudad, objeto de fascinación, era el único lugar donde valía la pena vivir. ¿A qué se debe este giro? A una sola causa: el automóvil ha vuelto inhabitable la gran ciudad. La ha vuelto fétida, ruidosa, asfixiante, polvorienta, atascada al grado de que la gente ya no tiene ganas de salir por la noche. Puesto que los coches han matado a la ciudad, son necesarios coches aun más rápidos para escaparse hacia suburbios lejanos. Impecable circularidad: dennos más automóviles para huir de los estragos causados por los automóviles.
De objeto de lujo y símbolo de privilegio, el automóvil ha pasado a ser una necesidad vital. Hay que tener uno para poder huir del infierno citadino del automóvil. La industria capitalista ha ganado la partida: lo superfluo se ha vuelto necesario. Ya no hace falta convencer a la gente de que necesita un coche. Es un hecho incuestionable. Pueden surgir otras dudas cuando se observa la evasión motorizada a lo largo de los ejes de huida. Entre las ocho y las 9:30 de la mañana, entre las 5:30 y las siete de la tarde, los fines de semana, durante cinco o seis horas, los medios de evasión se extienden en procesiones a vuelta de rueda, a la velocidad (en el mejor de los casos) de un ciclista y en medio de una nube de gasolina con plomo. ¿Qué permanece de los beneficios del coche? ¿Qué queda cuando, inevitablemente, la velocidad máxima de la ruta se reduce a la del coche más lento?
Está bien: tras haber matado a la ciudad, el automóvil está matando al automóvil. Después de haber prometido a todo el mundo que iría más rápido, la industria automóvil desemboca en un resultado previsible. Todo el mundo debe ir más lento que el más lento de todos, a una velocidad determinada por las simples leyes de la dinámica de fluidos. Peor aún: tras haberse inventado para permitir a su dueño ir adonde quiera, a la hora y a la velocidad que quiera, el automóvil se vuelve, de entre todos los vehículos, el más esclavizante, aleatorio, imprevisible e incómodo. Aun cuando se prevea un margen extravagante de tiempo para salir, nunca puede saberse cuándo se encontrará uno con un embotellamiento. Se está tan inexorablemente pegado a la ruta (a la carretera) como el tren a sus vías. No puede uno detenerse impulsivamente y, al igual que en el tren, debe uno viajar a una velocidad decidida por alguien más. En suma, el coche no posee ninguna de las ventajas del tren pero sí todas sus desventajas, más algunas propias: vibración, espacio reducido, peligro de choque, el esfuerzo necesario para manejarlo.
Y sin embargo, dirá usted, la gente no utiliza el tren. ¡Pues claro! ¿Cómo podría utilizarlo? ¿Ha intentado usted ir de Boston a Nueva York en tren? ¿O de Ivry a Tréport? ¿O de Garches a Fontainebleau? ¿O de Colombes a L’Isle-Adam? ¿Ha intentado usted viajar, en verano, el sábado o el domingo? Pues bien, ¡hágalo! ¡Buena suerte! Podrá entonces constatar que el capitalismo-automóvil lo ha previsto todo: en el instante en que el coche estaba por matar al coche, hizo desaparecer las soluciones de repuesto. Así, el coche se volvió obligatorio. El Estado capitalista primero dejó que se degradaran y luego que se suprimieran las conexiones ferroviarias entre las ciudades y sus alrededores. Sólo se mantuvieron las conexiones interurbanas de gran velocidad que compiten con los transportes aéreos por su clientela burguesa. El tren aéreo, que hubiera podido acercar las costas normandas o los lagos de Morvan a los parisinos que gustan de irse de día de campo, no servirá más que para ganar quince minutos entre París y Pontoise y depositar en sus estaciones a más viajeros saturados de velocidad que los que los transportes urbanos podrían trasladar. ¡Eso sí que es progreso!
La verdad es que nadie tiene alternativa. No se es libre de tener o no un automóvil porque el universo suburbano está diseñado en función del coche y, cada vez más, también el universo urbano. Por ello, la solución revolucionaria ideal que consiste en eliminar el automóvil en beneficio de la bicicleta, el tranvía, el autobús o el taxi sin chofer ni siquiera es viable en las ciudades suburbanas como Los Ángeles, Detroit, Houston, Trappes o incluso Bruselas, construidas por y para el automóvil. Estas ciudades escindidas se extienden a lo largo de calles vacías en las que se alinean pabellones idénticos entre sí y donde el paisaje (el desierto) urbano significa: “Estas calles están hechas para conducir tan rápido como se pueda del trabajo a la casa y viceversa. Se pasa por aquí pero no se vive aquí. Al final del día de trabajo todos deben quedarse en casa, y quien se encuentre en la calle después de que caiga la noche será considerado sospechoso.” En algunas ciudades estadounidenses el acto de pasearse a pie de noche es considerado un delito.
Entonces, ¿hemos perdido la partida? No, pero la alternativa al automóvil deberá ser global. Para que la gente pueda renunciar a sus automóviles, no basta con ofrecerle medios de transporte colectivo más cómodos. Es necesario que la gente pueda prescindir del transporte al sentirse como en casa en sus barrios, dentro de su comunidad, dentro de su ciudad a escala humana y al disfrutar ir a pie de su trabajo a su domicilio –a pie o en bicicleta. Ningún medio de transporte rápido y de evasión compensará jamás el malestar de vivir en una ciudad inhabitable, de no estar en casa en ningún lugar, de pasar por allí sólo para trabajar o, por el contrario, para aislarse y dormir.
“La gente –escribe Illich– romperá las cadenas del transporte todopoderoso cuando vuelva a amar como un territorio suyo a su propia cuadra, y cuando dude acerca de alejarse muy a menudo.” Pero precisamente para poder amar el “territorio” será necesario que este sea habitable y no circulable, que el barrio o la comunidad vuelvan a ser el microcosmos, diseñado a partir y en función de todas las actividades humanas, en que la gente trabaja, vive, se relaja, aprende, comunica, y que maneja en conjunto como el lugar de su vida en común. Cuando alguien le preguntó cómo la gente pasaría su tiempo después de la revolución, cuando el derroche capitalista fuera abolido, Marcuse respondió: “Destruiremos las grandes ciudades y construiremos una nuevas. Eso nos mantendrá ocupados por un tiempo.”
Estas nuevas ciudades serán federaciones o comunidades (o vecindades) rodeadas de cinturones verdes cuyos ciudadanos –y especialmente los escolares– pasarán varias horas por semana cultivando productos frescos necesarios para sobrevivir. Para sus desplazamientos cotidianos dispondrán de una completa gama de medios de transporte adaptados a una ciudad mediana: bicicletas municipales, tranvías o trolebuses, taxis eléctricos sin chofer. Para viajes más largos al campo, así como para transportar a sus huéspedes, un conjunto de coches estará disponible en los estacionamientos del barrio. El automóvil habrá dejado de ser una necesidad. Todo cambiará. El mundo, la vida, la gente. Y esto no habrá ocurrido por arte de magia.
Mientras tanto, ¿qué se puede hacer para llegar a eso? Antes que nada, no plantear jamás el problema del transporte de manera aislada, siempre vincularlo al problema de la ciudad, de la división social del trabajo y de la compartimentación que esta ha introducido entre las diferentes dimensiones de la existencia. Un lugar para trabajar, otro para vivir, otro para abastecerse, otro para aprender, un último lugar para divertirse. El agenciamiento del espacio continúa la desintegración del hombre empezada por la división del trabajo en la fábrica. Corta al individuo en rodajas, corta su tiempo, su vida, en rebanadas separadas para que en cada una sea un consumidor pasivo a merced de los comerciantes, para que de este modo nunca se le ocurra que el trabajo, la cultura, la comunicación, el placer, la satisfacción de las necesidades y la vida personal puedan y deban ser una sola y misma cosa: una vida unificada, sostenida por el tejido social de la comunidad. ~
Le Sauvage, 1973. Tiempos Equívocos, La Teoría Crítica desde la Periferia.
Traducción de María Lebedev. www.rosa-blindada.info
Extraído de http://metiendoruido.com
¿Temes a la bandera negra?
[Nota de El Libertario:
el inglés Alan Moore (1953 - ) es, a decir de algunos críticos, el más
grande autor en la historia de las historietas, con comics tan célebres
como "V de Vendetta", "La Liga de los Caballeros Extraordinarios" y
"Wachtmen", entre otros muchos títulos. Politicamente se declara
anarquista, adscripción que expone con toda claridad en el texto que
sigue.]
La
palabra “Anarquía” trae un montón de equipaje consigo. Conjura
imágenes de hombres embozados en capas y con sombreros de amplias alas
anchas que sostienen bolas negras con mechas de sonido sibilante y la
útil leyenda BOMBA pintada en color blanco en uno de los lados. Se ha
convertido en una especie de lema permanente sobre la descomposición de
la sociedad y su entrada en el caos chillón; uno de los paisajes de
Hieronymus Bosch poblado de saqueadores, berserkers y gigantes calzados
con barquichuelas y vestidos con cartones de huevos. En los tabloides
de consumo masivo la anarquía ha sido condensada hasta convertirse en
una versión ultra-violenta y demente de Spy vs. Spy [la tira de Mad],
adaptada para la pantalla por Rasputin y Unabomber. Apenas les resulta
una propuesta atractiva que les merezca la pena, y sin embargo, a lo
largo de la historia, ha sido una causa que han abrazado nuestros
pensadores más brillantes y humanos, y a la que han dedicado su vida,
incluso renunciando a la misma, miles de incontables y valientes hombres
y mujeres. Si Darwin llegó a ver la anarquía como la posición política
más razonable durante los últimos años de su vida, ¿deberíamos
descartarla como algo casual, ya sea porque nos parece un salvaje sueño
utópico o porque creemos que es el billete de entrada hacia el caos más
clamoroso? Antes de tirar la anarquía a la papelera de las ideas
descartadas junto con la teoría de la Tierra Plana y las hipotecas al
110%, ¿acaso no deberíamos intentar encontrar el verdadero significado
de la palabra?
Como tan a menudo suele ocurrir con las palabras, son los griegos los que definitivamente tienen una para el término, en este caso “anarchos”, que significa “sin gobernantes”. En un primer vistazo parece ser una noción que va directa al grano, aunque está repleta de ramificaciones cuya complejidad es algo que sólo se hace visible cuando se la examina más de cerca. Por ejemplo, si no hay gobernantes, todo el mundo será libre para actuar según su propio juicio en todos los asuntos que le competen, incluso en la propia forma de definir la anarquía. Como te podrás imaginar, esto ha llevado hasta una desconcertante profusión de subdivisiones, categorías y movimientos disidentes anarquistas, con puntos de vista radicalmente diferentes entre sí, por lo que no resulta insólito escuchar acepciones como: anarco-comunistas, anarquismo individualista, anarquistas verdes o sindicalismo anarquista, anarquía post-izquierda o feminista, anarquía insurrecionalista o pacifista. Y luego tenemos anarquía sin adjetivos, algo que suena completamente razonable, a pesar del hecho de que las palabras “sin adjetivos”, usadas aquí como frase descriptiva, interpreten en realidad todas las funciones propias de un adjetivo. Al encarar esta pasmosa maleza de diferentes cepas de la Anarquía, lo mejor será inclinarnos por retomar aquella primera y más sencilla definición: “sin gobernantes”, y ver hasta donde podemos llegar a partir de la misma.
Se podría argumentar que dicho estado de existencia sin líderes es el más natural, tanto en cuanto a especie como en cuanto a individuos. Los psicólogos infantiles nos informan que un niño recién nacido no puede decir dónde empieza y dónde acaba el Universo. El sonajero, los barrotes de la cuna y su madre puede que sean vistos como extensiones del mismo, no muy diferentes a los ondulantes brazos y piernas del bebé. Por lo tanto, cuando acabamos de salir del útero, en nuestro dominio no existe ni un sólo gobernante: nosotros somos nuestras propias deidades rosadas y arrugadas, donde todo lo que vemos, escuchamos y palpamos es el cosmos en su totalidad. Sólo es más tarde cuando, después de haber aprendido algunos rudimentarios conocimientos de la lengua, aprendemos a entender las jerarquías piramidales de autoridad y cuando conocemos el peldaño más inferior del sistema de mandatos en el que nos encontramos, rindiendo cuentas a nuestros padres, que a su vez también rinden cuentas a sus jefes y patrones, a sus policías y gobiernos. Presumiblemente los gobiernos rinden cuentas a la Reina o a Dios, o a alguien similarmente inaccesible o (probablemente) imaginario.
Aceptamos a regañadientes que ni siquiera somos átomos, sino tan sólo engranajes de una inmensa maquinaria social sobre la que ni nosotros ni ninguno de nuestros tatarabuelos hemos sido consultados durante su construcción. Y sin embargo, tan sólo por un momento, cuando estábamos en la cuna nuestra presunción natural ha sido la de que... ese juguete móvil del conejito se ha movido del modo que nosotros queríamos, que estábamos al cargo de nuestros destinos. Que estábamos al cargo de todo.
Lo mismo ocurrió cuando apareció nuestra especie, cuando vivíamos en unidades de familias tribales en nuestras chozas y cuevas gobernadas por nosotros mismos, no de una forma demasiado diferente a la de los rebaños y manadas que se encontraban separados, pero alrededor nuestro. Y si bien puede parecer que la tribu de personas o la manada de animales deberían estar dominadas por un patriarca, una matriarca, un macho alfa o un líder, ese no siempre fue el caso. Nuestras primeras investigaciones sobre el comportamiento animal se realizaron a base de carretadas de supuestos que estaban basados en nuestro propio comportamiento como seres humanos. Identificamos al líder la pandilla como al macho más grande que resuelve las disputas territoriales y selecciona a su chica entre las mujeres más dotadas, un improbable híbrido de John Wayne y Russell Brand que desde nuestra pespectiva humana hemos considerado oportuno imponer sobre las peculiaridades del comportamiento de los ciervos y de los lobos. Sólo ha sido hace poco cuando hemos empezado a aceptar que mientras el macho alfa bien podría haberse hecho cargo de todas las trifulcas, existían otros individuos que parecen haber tenido una importancia única para conseguir el bienestar del grupo. Quizá uno de ellos era un individuo que se dedicaba a buscar nuevos alimentos o tierras de pasto. Otra podría ser una anciana alrededor de la cuál el resto de los miembros de la manada o de la tribu se reunían de forma protectora al encarar un ataque. Parece que en la mayoría de las sociedades animales había varios cometidos y numerosos individuos que trabajaban cooperando para el bien común, sin necesidad de que ninguno de los componentes del grupo fuese percibido como un líder. Mientras que Charles Darwin pensaba que la ferocidad, y a veces la competición sangrienta, eran las fuerzas conductoras que guiaban la evolución, hay grandes evidencias que sugieren que la cooperación juega un papel similar (o incluso mayor) en la supervivencia del más apto, tal y como ocurre con los agradables y sexualmente enloquecidos chimpancés bonobo, que son uno de los primates que se encuentran entre nuestros antecesores más cercanos.
Mirándolo desde esta perspectiva, quizá la anarquía no parezca algo tan poco natural como lo que nos puede sugerir el hecho de que se nos asigne una autoridad impuesta y no consensuada. Si tomamos el ejemplo de cualquier grupo normal de seres humanos, algo como una familia o un grupo de amigos, excluyendo a los miembros de los Cripps o los Blood, ¿seguimos pensando que existe una persona específica que ejerce de líder? ¿Realmente ha vuelto a existir alguna vez la figura del cabeza de familia desde la época Eduardiana? Por lo general, en cualquier acuerdo semi-funcional existe un conjunto informal de pesos y contrapesos que mantienen el equilibrio, sin necesidad de que sea regulado por una tercera parte.
Bajo mi punto de vista, dicha cooperación entre individuos que no comparten la misma opinión, dicha habilidad para admitir y respetar que otros tienen el derecho absoluto de determinar como quieren que sean sus vidas, es algo totalmente necesario para conseguir cualquier forma de anarquía, con o sin adjetivos, y de que tengamos la oportunidad de trabajar de forma realista y sin adornos. Además hace visible la aparente paradoja que se encuentra en el corazón de todo el asunto: lo que parece ser una licencia para hacer todo lo que queramos sin ninguna restricción externa, como decía la famosa consigna de Aleister Crowley “Haz lo que quieras”, algo que conlleva asumir la exigente tarea y la responsabilidad final de gobernarnos a nosotros mismos.
Definitivamente, la anarquía empieza en casa. La vida sin gobernantes como propuesta en firme implica que tenemos que imponernos nuestras propias normas, algo que no seremos capaces de lograr a menos que aceptemos y entendamos debidamente que nosotros, sólo como individuos y sólo como nosotros mismos, somos totalmente responsables de nuestras vidas y destinos. Una de las primeras cosas que trae consigo dicho entendimiento es la inquietante comprensión de que si nosotros somos nuestros propios líderes, no tendremos a nadie a quien echar la culpa y tampoco existirá ninguna excusa cuando hayamos fallado al intentar alcanzar las metas que nos habiamos propuesto. No podremos echarle la culpa de nuestras limitaciones a nuestros antecedentes, ni a nuestros padres o a la sociedad en general, porque directamente somos nosotros quienes nos hemos hecho cargo de la responsabilidad que conlleva nuestra existencia. No diremos con nostalgia que podríamos haber sido alguien especial si nuestra educación o situación financiera no nos hubiese frenado; o si no nos hubiésemos casado con ese hombre o esa mujer; o si no hubiésemos tenido esos niños en concreto. Si acabamos de decidir que nosotros somos los líderes de nuestra existencia, no podremos continuar interpretando en nuestras vidas el papel de víctima acosada e indefensa, porque somos las heroínas y héroes de la misma. Si estamos intentando ocultar nuestros defectos hay que decir que la libertad personal que supone la anarquía nos ofrece muy poca cobertura. Vivir nuestras vidas sin el amparo de una estructura social rígida y predeterminada, salir al exterior en mitad de la ventisca y sin protección, puede parecer una proposición aterradora y glacial. En realidad, muchos de nosotros solemos tomar la decisión de quedarnos en casa, soportando el tedio y las decepciones que conocemos en lugar de asumir el riesgo que supone dar un salto hacia la oscuridad. Por mucho que desemos más libertad en nuestras vidas, en nuestro corazón tenemos la sensación de que la libertad es algo que nos asusta, si no es algo que nos aterroriza.
Entonces, a la luz de todo lo anterior, ¿por qué debería alguien escoger el auto-gobierno y la anarquía? La carga de responsabilidad podría ser tan enorme, o incluso más aún, que si estuviese gobernando su propio país... porque después de todo, probablemente te importe más tu propio bienestar que lo que al gobierno le preocupa el bienestar de sus ciudadanos... por lo que, ¿cuál es la recompensa? Se podría decir que la verdadera recompensa se encuentra en la abrumadora sensación de liberación y fortalecimiento que te inunda cuando te declaras como ser humano autónomo y auto-determinado, manteniéndote desnudo bajo las estrellas, sin ningún temor en el centro de tu universo personal, mientras éste rota a tu alrededor en todo su esplendor, como ya ocurría antes de que aprendieses las reglas, o incluso antes de que aprendieses el lenguaje. Al aceptar tener en tus manos toda la responsabilidad sobre tu vida, dejarás de ser una víctima de la misma y empezarás a darte cuenta del poder que tienes sobre las circunstancias que te rodean, sin tratar de ejercer ningún poder sobre otros, sin intentar joder a nadie. Durante la vertiginosa carrera que te dará esa experiencia terminarás pensando que todo el mundo debería tener derecho a vivir de la misma forma, y es ahora, con este cambio de los códigos personales de comportamiento para llevar a cabo una política social que lo abarca todo, es ahora cuando empiezan a manifestarse los problemas más graves de la anarquía, algo que podremos ver claramente incluso al echar un breve vistazo sobre su Historia.
Las ideas anarquistas llevan entre nosotros desde la antigüedad. Las podemos encontrar en las declaraciones de los sabios taoístas de Oriente y en las obras de filósofos griegos como Diógenes o Zenón en algunos lugares más occidentales.
Sin embargo, el propio término "anarquista" no empezó a usarse en inglés hasta 1642, cuando, en las convulsiones provocadas por la Guerra Civil, fue usado como insulto por los monárquicos para describir a las variadas facciones que componían el Nuevo Ejército Modelo de Cromwell. No es hasta un siglo después, durante la Revolución Francesa, cuando nos encontramos a algunos de los Enragés que se oponían al gobierno revolucionario refiriéndose a sí mismos como anarquistas y usando dicha expresión de forma positiva. Además fue en el Siglo XVIII cuando William Godwin escribió su obra “Justicia Política”, defendiendo la libertad individual de acuerdo al juicio individual de cada uno o una, al mismo tiempo que se permite la misma libertad a otro individuo. En 1844, el libro del filósofo Max Stirner, “El Único y su Propiedad”, sugería que los individuos eran libres de hacer lo que estuviese físicamente en su poder, sin tener en cuenta a los demás, incluso llegando al asesinato. Más tarde, las teorías de Stirner se asociarían con el movimiento llamado Anarquismo Individualista, aunque Stirner nunca se definió como anarquista. El primer escritor que pudo hacerlo fue Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865). Proudhon propuso una forma de anarquía llamada “mutualismo”, que aunque estaba basada en la libertad de los individuos, supuso más bien un modelo para la forma en la que la sociedad podría funcionar si estuviese gobernada por principios anarquistas, siendo libre todo el mundo de trabajar en lo que realmente quisiera. Proudhon daba por hecho que esto podía llevar a lo que él llamaba un “orden espontáneo”, una vez que la gente se diese cuenta de todos los beneficios que supondría la cooperación mutua y la organización de los pueblos o ciudades a través de comunas, en donde cada zona estaría gobernada de forma local e independiente. Pero, ¿cómo se podría hacer realidad esta condición utópica?
A finales de 1800 y principios del Siglo XX se formularon una gran variedad de respuestas diferentes a dicha pregunta. El Anarquismo Colectivista, tal y como fue definido por Mijail Bakunin, se oponía a la propiedad privada, siendo incautadas las fábricas y las instituciones gubernamentales por medio de la revolución violenta y la colectivización. Probablemente los seguidores de Bakunin sean los que han contribuido en gran medida a la representación habitual de los anarquistas como maníacos lazadores de bombas, pero no se puede negar su inteligencia y perspicacia. Inicialmente Bakunin estaba entusiasmado con los objetivos de la Asociación Internacional de Trabajadores, más conocida normalmente como Primera Internacional, siendo Karl Marx el alma de la misma en la época. Las divisiones entre los dos hombres eran evidentemente obvias, debido a que, como predijo Bakunin, y como pudo verse más tarde con mucha precisión, la propuesta del partido marxista sería sencillamente tomar el lugar de las clases dirigentes contra las que habían luchado.
Por otra parte, Piotr Kropotkin, que también se oponía igualmente a la propiedad privada, sentía que ésta debería abolirse legalmente en lugar de adquirirse a través del derrocamiento sangriento, reorganizando a continuación la sociedad en federaciones de comunas locales auto-gobernadas. Así, el debate anarquista iba y venía según aparecían otras escuelas de pensamiento o subdivisiones que constantemente se encontraban enfrentadas, y no existía algún principio unificador salvo su aversión a la autoridad. Eso sí, dicha aversión fue suficiente como para unir a los anarquistas de cada cepa en contra del fascismo que emergió en Europa entre 1920 y 1930, muy notablemente durante la Guerra Civil española, cuando las milicias anarquistas lucharon bajo la bandera negra contra los ejércitos del general Franco. Su derrota final en 1939 fue en parte por culpa de los estalinistas que estaban allí supuestamente para ayudar en la contienda, ya que en su lugar persiguieron tanto a los anarquistas como a los marxistas disidentes que conformaban una gran parte de las fuerzas rebeldes. Como también predijo Mijail Bakunin hacía cuarenta años, más o menos la Revolución Rusa había estado funcionando antes de que Stalin se convirtiese en el nuevo Zar Rojo de la nación.
Por supuesto, las derrotas más famosas no deberían percibirse como prueba fehaciente de que la anarquía no funciona. La Cómuna de París, fundada en 1789 y mantenida bajo principios anarquistas, funcionó perfectamente hasta que fue sumprimida unos cinco meses más tarde por las fuerzas armadas de la Convención Nacional a través de una brutal masacre que mató a más gente común que los aristócratas que habían conocido su fin durante la Revolución, pero por alguna razón este hecho es uno de los que se suele hablar menos. Casi un siglo después, los hugonotes franceses, que habían establecido comunidades que se auto-abastecían y auto-gobernaban en el East End de Londres, fueron empujados a levantar una protesta contra la imposición de un paralizador impuesto que iba directamente en contra de su único medio de ingresos, para ser abatidos a continuación por las tropas armadas que habían estado acampando a la espera en los mismos famosos lugares que habían sido recorridos por Jack el Destripador: la zona de Christchurch, en Spitalfields.
Ambos ejemplos parecen indicar que la anarquía es factible y viable, pero además ilustran el hecho de que por lo general se intentará que sea eliminada de la existencia por la fuerzas de la autoridad que se oponen a ella allí donde haga su aparición. Y eso a pesar de que las teorías anarquistas hayan continuado desarrollándose y evolucionando hasta la actualidad, encontrándonos en vanguardia con teorías fascinantes como las Zonas Temporalmente Autónomas de Hakim Bey, y también a pesar de que todavía no se haya consensuado de forma clara cómo se podría llevar a cabo una sociedad anarquista. Si somos realistas tenemos que afrontar que no podemos esperarnos que nuestros gobernantes se queden sentados y permitan una doctrina que se deshará de lo que ellos mismos han establecido, ni tampoco podemos suponer que después de unos cuántos miles de años de contar con personas que nos dicen qué es lo que tenemos que hacer, muchos de nosotros seamos capaces de manejar una alternativa. Naturalmente, una gran mayoría de personas necesitan ser educadas hasta un punto en el que sean capaces de comandar sus propias vidas sin interferir en las del resto. Al igual que también resulta cristalino que uno de los intereses de cualquier Estado no es precisamente el de educar a su pueblo hasta un punto en el que puedan prescindir de él. En la actualidad Internet tiene el potencial para proporcionar los medios de llevar a cabo dicha educación, e incluso permitir la creación de moneda alternativa y sistemas de trueque como el del movimiento “Green Pound”, que por lo general suele surgir de forma intermitente en las áreas más desfavorecidas de Gran Bretaña y por medio del cuál, sobre todo las personas desempleadas, intercambian horas de trabajo como método para evitar la moneda oficial por completo. Pero incluso si pudiésemos aprovechar todas estas posibilidades de una forma aparentemente útil, ¿podría existir algún tipo de sociedad imaginable que permitiese dichas formas de auto-abastecimiento y autodeterminación, llegando a existir o a ser prácticas de una forma prolongada? Resumiendo: ¿cómo podemos llegar hasta allí desde aquí?
¿Dónde está el paso que obviamente necesitamos entre una existencia bajo el ala de gobiernos inútiles u opresivos en general y la existencia en un mundo de autodeterminación en el que la anarquía mantiene la esperanza? Incluso si pudiésemos imaginarnos dicha sociedad transicional benigna, ¿cómo podría ser la sociedad de la que cualquier anarquista querría formar parte, una sociedad que de alguna forma funcionase sin gobernantes?
Como ha sido Grecia la que nos ha ofrecido los orígenes de la palabra anarquía, lo mejor será investigar a los antiguos griegos para buscar una solución. En la ciudad-estado de Atenas el líder era elegido a través de un proceso llamado selección por sorteo, que básicamente es un tipo de gobierno a través de la lotería. En todas las decisiones que concernían al Estado se elegía a un jurado que era designado al azar entre todas las partes de la comunidad por medio de la votación o del sorteo. A continuación dicho jurado escuchaba con atención el debate informativo presentado por ambas partes de la discusión, al igual que hace un jurado actual en un caso judicial. Después se realizaba una votación sobre el tema tratado y el jurado era disuelto. Este sistema parece estar mucho más cerca de cumplir las condiciones que hay detrás de una verdadera democracia (que es lo mismo que decir el gobierno del pueblo) que la gestión llevada a cabo por nuestro actual modelo de gobierno, con un representante elegido en ciertas ocasiones. Y además, en gran medida es algo que estaría a prueba de corrupciones. Ningún grupo o corporación con intereses especiales podrían influir en el gobierno si nadie sabe quién va a gobernar hasta la próxima vez que se vayan a llevar a cabo unas elecciones. Tampoco sería muy probable que un juez votase un conjunto de privilegios especiales para un jurado, tales como la posibilidad de solicitar la devolución de los gastos que producen sus unicornios en el corral, cuando ellos mismos ya no serían miembros del jurado que pudiesen aprobar dichos beneficios. De hecho, el jurado estaría más interesado en votar a favor de las medidas que fuesen positivamente más beneficiosas para la multitud de la que volverían a formar parte inmediatamente después de la votación.
Obviamente habría que realizar enmiendas constitucionales enormes antes de abordar dicho enfoque, pero ¿tan impensables son dichas reformas constitucionales cuando las alternativas que tenemos son la inutilidad, la ineficacia, la revolución violenta o la opción de quedarnos simplemente sentados sin hacer nada mientras nuestros líderes (en su mayoría) no electos nos hacen bailar en guerras, recesiones desastrosas y la posible extinción de las especies, mientras demandan que les paguemos por servicios que nadie había solicitado?
Al eliminar de un plumazo los peores excesos y abusos que aparecen junto con el liderazgo, dicho enfoque ateniense al menos podría solucionar los problemas más difíciles que conlleva la anarquía, permitiendo una sociedad con una dirección clara y coherente que no tuviese que soportar gobernantes en ninguno de los sentidos convencionales del término. En tiempos que parecen desesperados a pesar de todos nuestros avances tecnológicos masivos, quizá debamos invitar a entrar a la anarquía desde el frío exterior y echar un vistazo cercano a aquellas ideas y posibilidades que este “coco” de negruzco sombrero nos oferta.
[Tomado originalmente de
http://frog2000.blogspot.com/2014/02/teme-una-bandera-negra-por-alan-moore.html;
con algunas correcciones de El Libertario a la traducción inicial.]
Fuente: http://periodicoellibertario.blogspot.com.es/2014/02/temes-la-bandera-negra.html
Como tan a menudo suele ocurrir con las palabras, son los griegos los que definitivamente tienen una para el término, en este caso “anarchos”, que significa “sin gobernantes”. En un primer vistazo parece ser una noción que va directa al grano, aunque está repleta de ramificaciones cuya complejidad es algo que sólo se hace visible cuando se la examina más de cerca. Por ejemplo, si no hay gobernantes, todo el mundo será libre para actuar según su propio juicio en todos los asuntos que le competen, incluso en la propia forma de definir la anarquía. Como te podrás imaginar, esto ha llevado hasta una desconcertante profusión de subdivisiones, categorías y movimientos disidentes anarquistas, con puntos de vista radicalmente diferentes entre sí, por lo que no resulta insólito escuchar acepciones como: anarco-comunistas, anarquismo individualista, anarquistas verdes o sindicalismo anarquista, anarquía post-izquierda o feminista, anarquía insurrecionalista o pacifista. Y luego tenemos anarquía sin adjetivos, algo que suena completamente razonable, a pesar del hecho de que las palabras “sin adjetivos”, usadas aquí como frase descriptiva, interpreten en realidad todas las funciones propias de un adjetivo. Al encarar esta pasmosa maleza de diferentes cepas de la Anarquía, lo mejor será inclinarnos por retomar aquella primera y más sencilla definición: “sin gobernantes”, y ver hasta donde podemos llegar a partir de la misma.
Se podría argumentar que dicho estado de existencia sin líderes es el más natural, tanto en cuanto a especie como en cuanto a individuos. Los psicólogos infantiles nos informan que un niño recién nacido no puede decir dónde empieza y dónde acaba el Universo. El sonajero, los barrotes de la cuna y su madre puede que sean vistos como extensiones del mismo, no muy diferentes a los ondulantes brazos y piernas del bebé. Por lo tanto, cuando acabamos de salir del útero, en nuestro dominio no existe ni un sólo gobernante: nosotros somos nuestras propias deidades rosadas y arrugadas, donde todo lo que vemos, escuchamos y palpamos es el cosmos en su totalidad. Sólo es más tarde cuando, después de haber aprendido algunos rudimentarios conocimientos de la lengua, aprendemos a entender las jerarquías piramidales de autoridad y cuando conocemos el peldaño más inferior del sistema de mandatos en el que nos encontramos, rindiendo cuentas a nuestros padres, que a su vez también rinden cuentas a sus jefes y patrones, a sus policías y gobiernos. Presumiblemente los gobiernos rinden cuentas a la Reina o a Dios, o a alguien similarmente inaccesible o (probablemente) imaginario.
Aceptamos a regañadientes que ni siquiera somos átomos, sino tan sólo engranajes de una inmensa maquinaria social sobre la que ni nosotros ni ninguno de nuestros tatarabuelos hemos sido consultados durante su construcción. Y sin embargo, tan sólo por un momento, cuando estábamos en la cuna nuestra presunción natural ha sido la de que... ese juguete móvil del conejito se ha movido del modo que nosotros queríamos, que estábamos al cargo de nuestros destinos. Que estábamos al cargo de todo.
Lo mismo ocurrió cuando apareció nuestra especie, cuando vivíamos en unidades de familias tribales en nuestras chozas y cuevas gobernadas por nosotros mismos, no de una forma demasiado diferente a la de los rebaños y manadas que se encontraban separados, pero alrededor nuestro. Y si bien puede parecer que la tribu de personas o la manada de animales deberían estar dominadas por un patriarca, una matriarca, un macho alfa o un líder, ese no siempre fue el caso. Nuestras primeras investigaciones sobre el comportamiento animal se realizaron a base de carretadas de supuestos que estaban basados en nuestro propio comportamiento como seres humanos. Identificamos al líder la pandilla como al macho más grande que resuelve las disputas territoriales y selecciona a su chica entre las mujeres más dotadas, un improbable híbrido de John Wayne y Russell Brand que desde nuestra pespectiva humana hemos considerado oportuno imponer sobre las peculiaridades del comportamiento de los ciervos y de los lobos. Sólo ha sido hace poco cuando hemos empezado a aceptar que mientras el macho alfa bien podría haberse hecho cargo de todas las trifulcas, existían otros individuos que parecen haber tenido una importancia única para conseguir el bienestar del grupo. Quizá uno de ellos era un individuo que se dedicaba a buscar nuevos alimentos o tierras de pasto. Otra podría ser una anciana alrededor de la cuál el resto de los miembros de la manada o de la tribu se reunían de forma protectora al encarar un ataque. Parece que en la mayoría de las sociedades animales había varios cometidos y numerosos individuos que trabajaban cooperando para el bien común, sin necesidad de que ninguno de los componentes del grupo fuese percibido como un líder. Mientras que Charles Darwin pensaba que la ferocidad, y a veces la competición sangrienta, eran las fuerzas conductoras que guiaban la evolución, hay grandes evidencias que sugieren que la cooperación juega un papel similar (o incluso mayor) en la supervivencia del más apto, tal y como ocurre con los agradables y sexualmente enloquecidos chimpancés bonobo, que son uno de los primates que se encuentran entre nuestros antecesores más cercanos.
Mirándolo desde esta perspectiva, quizá la anarquía no parezca algo tan poco natural como lo que nos puede sugerir el hecho de que se nos asigne una autoridad impuesta y no consensuada. Si tomamos el ejemplo de cualquier grupo normal de seres humanos, algo como una familia o un grupo de amigos, excluyendo a los miembros de los Cripps o los Blood, ¿seguimos pensando que existe una persona específica que ejerce de líder? ¿Realmente ha vuelto a existir alguna vez la figura del cabeza de familia desde la época Eduardiana? Por lo general, en cualquier acuerdo semi-funcional existe un conjunto informal de pesos y contrapesos que mantienen el equilibrio, sin necesidad de que sea regulado por una tercera parte.
Bajo mi punto de vista, dicha cooperación entre individuos que no comparten la misma opinión, dicha habilidad para admitir y respetar que otros tienen el derecho absoluto de determinar como quieren que sean sus vidas, es algo totalmente necesario para conseguir cualquier forma de anarquía, con o sin adjetivos, y de que tengamos la oportunidad de trabajar de forma realista y sin adornos. Además hace visible la aparente paradoja que se encuentra en el corazón de todo el asunto: lo que parece ser una licencia para hacer todo lo que queramos sin ninguna restricción externa, como decía la famosa consigna de Aleister Crowley “Haz lo que quieras”, algo que conlleva asumir la exigente tarea y la responsabilidad final de gobernarnos a nosotros mismos.
Definitivamente, la anarquía empieza en casa. La vida sin gobernantes como propuesta en firme implica que tenemos que imponernos nuestras propias normas, algo que no seremos capaces de lograr a menos que aceptemos y entendamos debidamente que nosotros, sólo como individuos y sólo como nosotros mismos, somos totalmente responsables de nuestras vidas y destinos. Una de las primeras cosas que trae consigo dicho entendimiento es la inquietante comprensión de que si nosotros somos nuestros propios líderes, no tendremos a nadie a quien echar la culpa y tampoco existirá ninguna excusa cuando hayamos fallado al intentar alcanzar las metas que nos habiamos propuesto. No podremos echarle la culpa de nuestras limitaciones a nuestros antecedentes, ni a nuestros padres o a la sociedad en general, porque directamente somos nosotros quienes nos hemos hecho cargo de la responsabilidad que conlleva nuestra existencia. No diremos con nostalgia que podríamos haber sido alguien especial si nuestra educación o situación financiera no nos hubiese frenado; o si no nos hubiésemos casado con ese hombre o esa mujer; o si no hubiésemos tenido esos niños en concreto. Si acabamos de decidir que nosotros somos los líderes de nuestra existencia, no podremos continuar interpretando en nuestras vidas el papel de víctima acosada e indefensa, porque somos las heroínas y héroes de la misma. Si estamos intentando ocultar nuestros defectos hay que decir que la libertad personal que supone la anarquía nos ofrece muy poca cobertura. Vivir nuestras vidas sin el amparo de una estructura social rígida y predeterminada, salir al exterior en mitad de la ventisca y sin protección, puede parecer una proposición aterradora y glacial. En realidad, muchos de nosotros solemos tomar la decisión de quedarnos en casa, soportando el tedio y las decepciones que conocemos en lugar de asumir el riesgo que supone dar un salto hacia la oscuridad. Por mucho que desemos más libertad en nuestras vidas, en nuestro corazón tenemos la sensación de que la libertad es algo que nos asusta, si no es algo que nos aterroriza.
Entonces, a la luz de todo lo anterior, ¿por qué debería alguien escoger el auto-gobierno y la anarquía? La carga de responsabilidad podría ser tan enorme, o incluso más aún, que si estuviese gobernando su propio país... porque después de todo, probablemente te importe más tu propio bienestar que lo que al gobierno le preocupa el bienestar de sus ciudadanos... por lo que, ¿cuál es la recompensa? Se podría decir que la verdadera recompensa se encuentra en la abrumadora sensación de liberación y fortalecimiento que te inunda cuando te declaras como ser humano autónomo y auto-determinado, manteniéndote desnudo bajo las estrellas, sin ningún temor en el centro de tu universo personal, mientras éste rota a tu alrededor en todo su esplendor, como ya ocurría antes de que aprendieses las reglas, o incluso antes de que aprendieses el lenguaje. Al aceptar tener en tus manos toda la responsabilidad sobre tu vida, dejarás de ser una víctima de la misma y empezarás a darte cuenta del poder que tienes sobre las circunstancias que te rodean, sin tratar de ejercer ningún poder sobre otros, sin intentar joder a nadie. Durante la vertiginosa carrera que te dará esa experiencia terminarás pensando que todo el mundo debería tener derecho a vivir de la misma forma, y es ahora, con este cambio de los códigos personales de comportamiento para llevar a cabo una política social que lo abarca todo, es ahora cuando empiezan a manifestarse los problemas más graves de la anarquía, algo que podremos ver claramente incluso al echar un breve vistazo sobre su Historia.
Las ideas anarquistas llevan entre nosotros desde la antigüedad. Las podemos encontrar en las declaraciones de los sabios taoístas de Oriente y en las obras de filósofos griegos como Diógenes o Zenón en algunos lugares más occidentales.
Sin embargo, el propio término "anarquista" no empezó a usarse en inglés hasta 1642, cuando, en las convulsiones provocadas por la Guerra Civil, fue usado como insulto por los monárquicos para describir a las variadas facciones que componían el Nuevo Ejército Modelo de Cromwell. No es hasta un siglo después, durante la Revolución Francesa, cuando nos encontramos a algunos de los Enragés que se oponían al gobierno revolucionario refiriéndose a sí mismos como anarquistas y usando dicha expresión de forma positiva. Además fue en el Siglo XVIII cuando William Godwin escribió su obra “Justicia Política”, defendiendo la libertad individual de acuerdo al juicio individual de cada uno o una, al mismo tiempo que se permite la misma libertad a otro individuo. En 1844, el libro del filósofo Max Stirner, “El Único y su Propiedad”, sugería que los individuos eran libres de hacer lo que estuviese físicamente en su poder, sin tener en cuenta a los demás, incluso llegando al asesinato. Más tarde, las teorías de Stirner se asociarían con el movimiento llamado Anarquismo Individualista, aunque Stirner nunca se definió como anarquista. El primer escritor que pudo hacerlo fue Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865). Proudhon propuso una forma de anarquía llamada “mutualismo”, que aunque estaba basada en la libertad de los individuos, supuso más bien un modelo para la forma en la que la sociedad podría funcionar si estuviese gobernada por principios anarquistas, siendo libre todo el mundo de trabajar en lo que realmente quisiera. Proudhon daba por hecho que esto podía llevar a lo que él llamaba un “orden espontáneo”, una vez que la gente se diese cuenta de todos los beneficios que supondría la cooperación mutua y la organización de los pueblos o ciudades a través de comunas, en donde cada zona estaría gobernada de forma local e independiente. Pero, ¿cómo se podría hacer realidad esta condición utópica?
A finales de 1800 y principios del Siglo XX se formularon una gran variedad de respuestas diferentes a dicha pregunta. El Anarquismo Colectivista, tal y como fue definido por Mijail Bakunin, se oponía a la propiedad privada, siendo incautadas las fábricas y las instituciones gubernamentales por medio de la revolución violenta y la colectivización. Probablemente los seguidores de Bakunin sean los que han contribuido en gran medida a la representación habitual de los anarquistas como maníacos lazadores de bombas, pero no se puede negar su inteligencia y perspicacia. Inicialmente Bakunin estaba entusiasmado con los objetivos de la Asociación Internacional de Trabajadores, más conocida normalmente como Primera Internacional, siendo Karl Marx el alma de la misma en la época. Las divisiones entre los dos hombres eran evidentemente obvias, debido a que, como predijo Bakunin, y como pudo verse más tarde con mucha precisión, la propuesta del partido marxista sería sencillamente tomar el lugar de las clases dirigentes contra las que habían luchado.
Por otra parte, Piotr Kropotkin, que también se oponía igualmente a la propiedad privada, sentía que ésta debería abolirse legalmente en lugar de adquirirse a través del derrocamiento sangriento, reorganizando a continuación la sociedad en federaciones de comunas locales auto-gobernadas. Así, el debate anarquista iba y venía según aparecían otras escuelas de pensamiento o subdivisiones que constantemente se encontraban enfrentadas, y no existía algún principio unificador salvo su aversión a la autoridad. Eso sí, dicha aversión fue suficiente como para unir a los anarquistas de cada cepa en contra del fascismo que emergió en Europa entre 1920 y 1930, muy notablemente durante la Guerra Civil española, cuando las milicias anarquistas lucharon bajo la bandera negra contra los ejércitos del general Franco. Su derrota final en 1939 fue en parte por culpa de los estalinistas que estaban allí supuestamente para ayudar en la contienda, ya que en su lugar persiguieron tanto a los anarquistas como a los marxistas disidentes que conformaban una gran parte de las fuerzas rebeldes. Como también predijo Mijail Bakunin hacía cuarenta años, más o menos la Revolución Rusa había estado funcionando antes de que Stalin se convirtiese en el nuevo Zar Rojo de la nación.
Por supuesto, las derrotas más famosas no deberían percibirse como prueba fehaciente de que la anarquía no funciona. La Cómuna de París, fundada en 1789 y mantenida bajo principios anarquistas, funcionó perfectamente hasta que fue sumprimida unos cinco meses más tarde por las fuerzas armadas de la Convención Nacional a través de una brutal masacre que mató a más gente común que los aristócratas que habían conocido su fin durante la Revolución, pero por alguna razón este hecho es uno de los que se suele hablar menos. Casi un siglo después, los hugonotes franceses, que habían establecido comunidades que se auto-abastecían y auto-gobernaban en el East End de Londres, fueron empujados a levantar una protesta contra la imposición de un paralizador impuesto que iba directamente en contra de su único medio de ingresos, para ser abatidos a continuación por las tropas armadas que habían estado acampando a la espera en los mismos famosos lugares que habían sido recorridos por Jack el Destripador: la zona de Christchurch, en Spitalfields.
Ambos ejemplos parecen indicar que la anarquía es factible y viable, pero además ilustran el hecho de que por lo general se intentará que sea eliminada de la existencia por la fuerzas de la autoridad que se oponen a ella allí donde haga su aparición. Y eso a pesar de que las teorías anarquistas hayan continuado desarrollándose y evolucionando hasta la actualidad, encontrándonos en vanguardia con teorías fascinantes como las Zonas Temporalmente Autónomas de Hakim Bey, y también a pesar de que todavía no se haya consensuado de forma clara cómo se podría llevar a cabo una sociedad anarquista. Si somos realistas tenemos que afrontar que no podemos esperarnos que nuestros gobernantes se queden sentados y permitan una doctrina que se deshará de lo que ellos mismos han establecido, ni tampoco podemos suponer que después de unos cuántos miles de años de contar con personas que nos dicen qué es lo que tenemos que hacer, muchos de nosotros seamos capaces de manejar una alternativa. Naturalmente, una gran mayoría de personas necesitan ser educadas hasta un punto en el que sean capaces de comandar sus propias vidas sin interferir en las del resto. Al igual que también resulta cristalino que uno de los intereses de cualquier Estado no es precisamente el de educar a su pueblo hasta un punto en el que puedan prescindir de él. En la actualidad Internet tiene el potencial para proporcionar los medios de llevar a cabo dicha educación, e incluso permitir la creación de moneda alternativa y sistemas de trueque como el del movimiento “Green Pound”, que por lo general suele surgir de forma intermitente en las áreas más desfavorecidas de Gran Bretaña y por medio del cuál, sobre todo las personas desempleadas, intercambian horas de trabajo como método para evitar la moneda oficial por completo. Pero incluso si pudiésemos aprovechar todas estas posibilidades de una forma aparentemente útil, ¿podría existir algún tipo de sociedad imaginable que permitiese dichas formas de auto-abastecimiento y autodeterminación, llegando a existir o a ser prácticas de una forma prolongada? Resumiendo: ¿cómo podemos llegar hasta allí desde aquí?
¿Dónde está el paso que obviamente necesitamos entre una existencia bajo el ala de gobiernos inútiles u opresivos en general y la existencia en un mundo de autodeterminación en el que la anarquía mantiene la esperanza? Incluso si pudiésemos imaginarnos dicha sociedad transicional benigna, ¿cómo podría ser la sociedad de la que cualquier anarquista querría formar parte, una sociedad que de alguna forma funcionase sin gobernantes?
Como ha sido Grecia la que nos ha ofrecido los orígenes de la palabra anarquía, lo mejor será investigar a los antiguos griegos para buscar una solución. En la ciudad-estado de Atenas el líder era elegido a través de un proceso llamado selección por sorteo, que básicamente es un tipo de gobierno a través de la lotería. En todas las decisiones que concernían al Estado se elegía a un jurado que era designado al azar entre todas las partes de la comunidad por medio de la votación o del sorteo. A continuación dicho jurado escuchaba con atención el debate informativo presentado por ambas partes de la discusión, al igual que hace un jurado actual en un caso judicial. Después se realizaba una votación sobre el tema tratado y el jurado era disuelto. Este sistema parece estar mucho más cerca de cumplir las condiciones que hay detrás de una verdadera democracia (que es lo mismo que decir el gobierno del pueblo) que la gestión llevada a cabo por nuestro actual modelo de gobierno, con un representante elegido en ciertas ocasiones. Y además, en gran medida es algo que estaría a prueba de corrupciones. Ningún grupo o corporación con intereses especiales podrían influir en el gobierno si nadie sabe quién va a gobernar hasta la próxima vez que se vayan a llevar a cabo unas elecciones. Tampoco sería muy probable que un juez votase un conjunto de privilegios especiales para un jurado, tales como la posibilidad de solicitar la devolución de los gastos que producen sus unicornios en el corral, cuando ellos mismos ya no serían miembros del jurado que pudiesen aprobar dichos beneficios. De hecho, el jurado estaría más interesado en votar a favor de las medidas que fuesen positivamente más beneficiosas para la multitud de la que volverían a formar parte inmediatamente después de la votación.
Obviamente habría que realizar enmiendas constitucionales enormes antes de abordar dicho enfoque, pero ¿tan impensables son dichas reformas constitucionales cuando las alternativas que tenemos son la inutilidad, la ineficacia, la revolución violenta o la opción de quedarnos simplemente sentados sin hacer nada mientras nuestros líderes (en su mayoría) no electos nos hacen bailar en guerras, recesiones desastrosas y la posible extinción de las especies, mientras demandan que les paguemos por servicios que nadie había solicitado?
Al eliminar de un plumazo los peores excesos y abusos que aparecen junto con el liderazgo, dicho enfoque ateniense al menos podría solucionar los problemas más difíciles que conlleva la anarquía, permitiendo una sociedad con una dirección clara y coherente que no tuviese que soportar gobernantes en ninguno de los sentidos convencionales del término. En tiempos que parecen desesperados a pesar de todos nuestros avances tecnológicos masivos, quizá debamos invitar a entrar a la anarquía desde el frío exterior y echar un vistazo cercano a aquellas ideas y posibilidades que este “coco” de negruzco sombrero nos oferta.
A.Moore
Fuente: http://periodicoellibertario.blogspot.com.es/2014/02/temes-la-bandera-negra.html
Lo público no es privativo de los gobiernos
Estamos asistiendo en los últimos meses a una espiral de agresión
económica y social con la excusa de acabar con una crisis que nosotros
no hemos generado y de la que se nos culpabiliza.
Si alguna culpa hemos tenido ha sido creernos lo que el sistema nos ha enseñado desde pequeños, creernos que debíamos ser consumidores, que debíamos ser personas que vivíamos para trabajar, que debíamos ser personas que teníamos que trabajar para conseguir tener un sitio propio donde vivir, que debíamos ser personas que mediante el trabajo conseguiríamos el dinero suficiente para poder cambiar el coche por otro mejor, para poder cambiar el móvil por uno de nueva generación, para poder tener aire acondicionado en casa que nos evitase el frío del invierno y el calor del verano porque compramos unas casas mal construidas y con materiales que no son capaces de utilizar la energía del sol que era gratuita, para comprarnos ropa constantemente porque las cosas no tienen que durar, para consumir productos envasados en plástico y tener que reciclar porque no somos capaces de reutilizar, de haber participado de unos sistemas políticos que han generado unas castas de corruptos y vividores que han utilizado lo público como algo propio, dilapidándolo y malversándolo. Tenemos la culpa de ser elementos disciplinados del sistema económico.
Cuando han querido las grandes corporaciones industriales y financieras han generado una crisis de la que nos culpabilizan a todos por haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Esto que hemos escuchado millones de veces en los últimos tiempos es una de las mentiras más grandes jamás dicha en la historia de la humanidad, ya que lo único que hemos hecho es vivir como nos han dicho que debíamos vivir.
Todos sabemos que esa crisis ha sido generada por las corporaciones financieras e industriales, con la complicidad de los gobiernos que han utilizado el dinero de todos, el dinero de nuestros impuestos, para crear infraestructuras destinadas al enriquecimiento de esas corporaciones, hemos llegado a una situación de endeudamiento público no asumible por parte del Estado o la sociedad; pero los culpables somos todos nosotros ya que esas grandes corporaciones mundiales no tienen unos responsables visibles y además "son las que están haciendo todo lo posible por el avance constante de la humanidad". De nuevo la mentira se viste de verdad.
La mentira nos ha envuelto a todos y, como "no nos pueden contar la verdad", siguen haciendo de la mentira virtud y nos venden que la deuda pública es pagable y que para pagarla tenemos que prescindir de todo lo público porque no es productivo y al no serlo no lo podemos mantener.
¿Qué es lo público?
Este planteamiento de lo público es algo maniqueo, equivocado e interesado cuya única pretensión es favorecer los intereses privados empresariales para que se queden con la gestión y el negocio de todos los servicios públicos. Al mismo tiempo tener un concepto de lo público como algo que pertenece al gobierno que está al frente de un Estado es otra equivocación en la que no nos debemos dejar involucrar.
Lo público es algo que pertenece a todos sin excepción y por tanto la decisión sobre ello pertenece a todas las personas que forman la comunidad, ya sea esta local, regional o mundial.
Desde otro punto de vista no podemos defender lo público gestionado por el gobierno de un Estado, por el ayuntamiento de un municipio, por el gobierno de una región o por un posible gobierno mundial, donde unos cuantos toman las decisiones por el resto.
Desde este punto de vista lo público es lo que pertenece a la comunidad y es la comunidad en sus conjunto la que decide sobre ello.
Lo público no tiene que ser más o menos productivo, más o menos rentable porque está al servicio de toda la comunidad y con que sea bueno para una minoría dentro de esta comunidad ya es productivo y ya es rentable.
Lo público no puede ser visto como un negocio puesto que no lo es, lo público es para dar servicio y nada más. Lo que hay que exigirle a lo público es que sea eficaz, que solucione los problemas para los que ha sido creado u organizado, sólo con eso debe ser suficiente ya que la comunidad se sentirá satisfecha.
No podemos entender lo público como un trabajo privativo personal e intransferible ya que no puede pertenecer a nadie en exclusiva, de la misma manera que lo público no es propiedad de un gobierno, tampoco lo público puede ser propiedad de ninguna persona (funcionario) que realice su labor en alguna esfera de lo público ya que, como he dicho antes, lo público pertenece a toda la comunidad y es toda la comunidad quien debe tomar las decisiones sobre su gestión y sobre su desarrollo.
Si entendemos lo público desde este punto de vista podemos establecer las condiciones para crear un sistema público antagónico al sistema público estatal y que nos sirva de alternativa a ese sistema público cuando el Estado colapse, como pretende el neoliberalismo imperante, que pretende destruir el Estado como garante de servicios públicos esenciales, para crear una sociedad controlada por la economía y por el mercado. En esa sociedad el Estado sólo tendrá el papel de gendarme de la propiedad privada y de los intereses económicos de los sectores propietarios, dejando el resto de servicios en manos privadas para que sean un negocio más, sin control y sin cortapisas para desarrollar sus prácticas mercantiles.
¿Tenemos una alternativa?
Visto esto así, podríamos desarrollar un sector público paralelo con la contribución de todos, tanto económica como personal, que abarque a todas las personas que formamos la comunidad y no exclusivamente a los que contribuyan a ello. Esto supondría practicar una objeción de conciencia hacia la contribución a las arcas del Estado para ser contribuyentes de ese sector público que estamos creando y que será gestionado por toda la comunidad, se trataría de una revolución interna, intestina, que dejaría sin sentido tener un Estado con gobernantes y gobernados, donde unos viven del esfuerzo de otros que lo único que hacen es contribuir y, al final, tener que pagarlo por todos aquellos que han contribuido a crearlo.
Hoy ya podría hacerse si nos unimos en comunidades donde los que trabajamos pasamos parte de nuestro salario para crear alternativas de trabajo y de servicios y que desde la comunidad se garanticen las necesidades básicas y prioritarias de todos los que nos integremos en el sistema, se trata de tener una práctica acorde con lo que pretendemos conseguir, una práctica que pueda servir de ejemplo a todo el mundo para ver que es posible otra realidad diferente a la que nos dicen que es la única y mejor. Se trata de plantear alternativas prácticas para poder tener el engranaje en marcha cuando nos dejen totalmente desposeídos por el sistema económico capitalista que es antihumano, antipersonas y enemigo de la libertad de los humanos y de la vida en felicidad y armonía.
¿Está esto reñido con el anarquismo?
Manuel Vicent http://www.nodo50.org/tierraylibertad/
Si alguna culpa hemos tenido ha sido creernos lo que el sistema nos ha enseñado desde pequeños, creernos que debíamos ser consumidores, que debíamos ser personas que vivíamos para trabajar, que debíamos ser personas que teníamos que trabajar para conseguir tener un sitio propio donde vivir, que debíamos ser personas que mediante el trabajo conseguiríamos el dinero suficiente para poder cambiar el coche por otro mejor, para poder cambiar el móvil por uno de nueva generación, para poder tener aire acondicionado en casa que nos evitase el frío del invierno y el calor del verano porque compramos unas casas mal construidas y con materiales que no son capaces de utilizar la energía del sol que era gratuita, para comprarnos ropa constantemente porque las cosas no tienen que durar, para consumir productos envasados en plástico y tener que reciclar porque no somos capaces de reutilizar, de haber participado de unos sistemas políticos que han generado unas castas de corruptos y vividores que han utilizado lo público como algo propio, dilapidándolo y malversándolo. Tenemos la culpa de ser elementos disciplinados del sistema económico.
Cuando han querido las grandes corporaciones industriales y financieras han generado una crisis de la que nos culpabilizan a todos por haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Esto que hemos escuchado millones de veces en los últimos tiempos es una de las mentiras más grandes jamás dicha en la historia de la humanidad, ya que lo único que hemos hecho es vivir como nos han dicho que debíamos vivir.
Todos sabemos que esa crisis ha sido generada por las corporaciones financieras e industriales, con la complicidad de los gobiernos que han utilizado el dinero de todos, el dinero de nuestros impuestos, para crear infraestructuras destinadas al enriquecimiento de esas corporaciones, hemos llegado a una situación de endeudamiento público no asumible por parte del Estado o la sociedad; pero los culpables somos todos nosotros ya que esas grandes corporaciones mundiales no tienen unos responsables visibles y además "son las que están haciendo todo lo posible por el avance constante de la humanidad". De nuevo la mentira se viste de verdad.
La mentira nos ha envuelto a todos y, como "no nos pueden contar la verdad", siguen haciendo de la mentira virtud y nos venden que la deuda pública es pagable y que para pagarla tenemos que prescindir de todo lo público porque no es productivo y al no serlo no lo podemos mantener.
¿Qué es lo público?
Este planteamiento de lo público es algo maniqueo, equivocado e interesado cuya única pretensión es favorecer los intereses privados empresariales para que se queden con la gestión y el negocio de todos los servicios públicos. Al mismo tiempo tener un concepto de lo público como algo que pertenece al gobierno que está al frente de un Estado es otra equivocación en la que no nos debemos dejar involucrar.
Lo público es algo que pertenece a todos sin excepción y por tanto la decisión sobre ello pertenece a todas las personas que forman la comunidad, ya sea esta local, regional o mundial.
Desde otro punto de vista no podemos defender lo público gestionado por el gobierno de un Estado, por el ayuntamiento de un municipio, por el gobierno de una región o por un posible gobierno mundial, donde unos cuantos toman las decisiones por el resto.
Desde este punto de vista lo público es lo que pertenece a la comunidad y es la comunidad en sus conjunto la que decide sobre ello.
Lo público no tiene que ser más o menos productivo, más o menos rentable porque está al servicio de toda la comunidad y con que sea bueno para una minoría dentro de esta comunidad ya es productivo y ya es rentable.
Lo público no puede ser visto como un negocio puesto que no lo es, lo público es para dar servicio y nada más. Lo que hay que exigirle a lo público es que sea eficaz, que solucione los problemas para los que ha sido creado u organizado, sólo con eso debe ser suficiente ya que la comunidad se sentirá satisfecha.
No podemos entender lo público como un trabajo privativo personal e intransferible ya que no puede pertenecer a nadie en exclusiva, de la misma manera que lo público no es propiedad de un gobierno, tampoco lo público puede ser propiedad de ninguna persona (funcionario) que realice su labor en alguna esfera de lo público ya que, como he dicho antes, lo público pertenece a toda la comunidad y es toda la comunidad quien debe tomar las decisiones sobre su gestión y sobre su desarrollo.
Si entendemos lo público desde este punto de vista podemos establecer las condiciones para crear un sistema público antagónico al sistema público estatal y que nos sirva de alternativa a ese sistema público cuando el Estado colapse, como pretende el neoliberalismo imperante, que pretende destruir el Estado como garante de servicios públicos esenciales, para crear una sociedad controlada por la economía y por el mercado. En esa sociedad el Estado sólo tendrá el papel de gendarme de la propiedad privada y de los intereses económicos de los sectores propietarios, dejando el resto de servicios en manos privadas para que sean un negocio más, sin control y sin cortapisas para desarrollar sus prácticas mercantiles.
¿Tenemos una alternativa?
Visto esto así, podríamos desarrollar un sector público paralelo con la contribución de todos, tanto económica como personal, que abarque a todas las personas que formamos la comunidad y no exclusivamente a los que contribuyan a ello. Esto supondría practicar una objeción de conciencia hacia la contribución a las arcas del Estado para ser contribuyentes de ese sector público que estamos creando y que será gestionado por toda la comunidad, se trataría de una revolución interna, intestina, que dejaría sin sentido tener un Estado con gobernantes y gobernados, donde unos viven del esfuerzo de otros que lo único que hacen es contribuir y, al final, tener que pagarlo por todos aquellos que han contribuido a crearlo.
Hoy ya podría hacerse si nos unimos en comunidades donde los que trabajamos pasamos parte de nuestro salario para crear alternativas de trabajo y de servicios y que desde la comunidad se garanticen las necesidades básicas y prioritarias de todos los que nos integremos en el sistema, se trata de tener una práctica acorde con lo que pretendemos conseguir, una práctica que pueda servir de ejemplo a todo el mundo para ver que es posible otra realidad diferente a la que nos dicen que es la única y mejor. Se trata de plantear alternativas prácticas para poder tener el engranaje en marcha cuando nos dejen totalmente desposeídos por el sistema económico capitalista que es antihumano, antipersonas y enemigo de la libertad de los humanos y de la vida en felicidad y armonía.
¿Está esto reñido con el anarquismo?
Manuel Vicent http://www.nodo50.org/tierraylibertad/
Jean-Marc Rouillan: Historias del Mil y los GARI. Movimientos revolucionarios del tardofranquismo
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