Hay textos que se deben de leer completos...Este es uno de ellos
Koan
I. EL VALOR DE ESCRIBIR LA VERDAD
Parece hecho obvio que quien escribe, escriba la verdad, es decir, que no la sofoque o calle, o no diga cosas falsas; que no se pliegue ante los poderosos ni engañe a los débiles. Cierto, es bastante difícil no plegarse ante los poderosos y bastante ventajoso engañar a los débiles. Desagradar a los poseedores, significa renunciar a la propiedad. Renunciar al pago por el trabajo hecho, puede querer
decir renunciar al trabajo y rechazar la fama entre los potentados, significa a menudo rechazar toda la fama. Hacerlo requiere valor.
decir renunciar al trabajo y rechazar la fama entre los potentados, significa a menudo rechazar toda la fama. Hacerlo requiere valor.
Los tiempos en que la opresión es grande son casi siempre tiempos en que se discurre mucho sobre cosas grandes y elevadas. Se necesita valor, en tales tiempos, para hablar de cosas pequeñas y mezquinas, como la alimentación v la vivienda de los trabajadores, mientras alrededor se dice que sólo el espíritu de sacrificio cuenta.
Cuando se ensalza continuamente a los campesinos, es valeroso hablar de máquinas y forrajes a buen precio, capaces de facilitar aquel trabajo tan elogiado. Cuando todos los altoparlantes vociferan que es mejor el hombre sin conocimientos ni
instrucción, que el instruido, se necesita valor para preguntar: ¿mejor para quién?
Cuando se habla de razas perfectas e imperfectas, es valeroso preguntarse si el hambre, la ignorancia y la guerra no producen cierta deformidad.
Cuando se ensalza continuamente a los campesinos, es valeroso hablar de máquinas y forrajes a buen precio, capaces de facilitar aquel trabajo tan elogiado. Cuando todos los altoparlantes vociferan que es mejor el hombre sin conocimientos ni
instrucción, que el instruido, se necesita valor para preguntar: ¿mejor para quién?
Cuando se habla de razas perfectas e imperfectas, es valeroso preguntarse si el hambre, la ignorancia y la guerra no producen cierta deformidad.
Asimismo se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo, sobre nosotros mismos, los vencidos. Muchos que son perseguidos, pierden la facultad de reconocer los propios defectos. La persecución parece la más grave injusticia, los perseguidores, ya que persiguen, son los malvados; ellos, los perseguidos, son perseguidos por su bondad. Pero esta bondad fue golpeada, vencida, esposada; luego era bondad débil, defectuosa, insostenible, que no contaba, porque no es lícito admitir como propia de la bondad la debilidad, como se admite que la lluvia debe ser mojada. Decir que los buenos fueron vencidos, no por buenos, sino por débiles, requiere valor.
La verdad no puede escribirse sino en Iucha contra la mentira ni puede expresarse de modo genérico, elevado, ambiguo. A tal especie, esto es, genérica, elevada, ambigua, pertenece exactamente la mentira. Hablar de alguien que dijo la verdad implica que antes algunos, muchos, o uno solo, dijeron algo distinto, una
mentira o cuestiones genéricas; él en cambio dijo la verdad, esto es, algo práctico, concreto, irrefutable, precisamente lo que se necesitaba.
mentira o cuestiones genéricas; él en cambio dijo la verdad, esto es, algo práctico, concreto, irrefutable, precisamente lo que se necesitaba.
Poco valor se necesita en cambio para lamentarse, en general, de la maldad del mundo, del triunfo de la brutalidad y para sacudir la amenaza que flota sobre el espíritu, cuando se vive en una parte del mundo en que eso aún se permite.
Muchos se comportan entonces como si estuvieran bajo el tiro de los cañones, cuando sólo están bajo el tiro de los binóculos. Van gritando sus vagas reivindicaciones en el mundo amigo de la gente inocua; demandan, genéricamente, la justicia, pero nunca hicieron nada por tenerla y piden genéricamente la libertad, la de obtener parte de aquel botín antes largamente repartido con ellos. Encuentran verdadero sólo cuanto les suena bien. Si la verdad tiene que ver con cifras, con hechos, si es cuestión árida, cuyo hallazgo exige pena y estudio, entonces no les corresponde, nada tiene que los embriague. Sólo exteriormente se comportan como los que dicen la verdad. El mal que sufren es no saber la verdad.
Muchos se comportan entonces como si estuvieran bajo el tiro de los cañones, cuando sólo están bajo el tiro de los binóculos. Van gritando sus vagas reivindicaciones en el mundo amigo de la gente inocua; demandan, genéricamente, la justicia, pero nunca hicieron nada por tenerla y piden genéricamente la libertad, la de obtener parte de aquel botín antes largamente repartido con ellos. Encuentran verdadero sólo cuanto les suena bien. Si la verdad tiene que ver con cifras, con hechos, si es cuestión árida, cuyo hallazgo exige pena y estudio, entonces no les corresponde, nada tiene que los embriague. Sólo exteriormente se comportan como los que dicen la verdad. El mal que sufren es no saber la verdad.
II. LA SAGACIDAD DE RECONOCER LA VERDAD
Ya que es difícil reconocer la verdad, que por doquier sofocan, muchos creen que escribirla o no escribirla es problema de carácter; creen que basta el valor; y olvidan la segunda dificultad: encontrar la verdad. En ningún caso se podrá decir que encontrarla sea fácil.
En primer lugar, no es fácil darse cuenta de cuál verdad vale la pena decir.
Hoy, por ejemplo, ante los ojos del mundo entero, los Estados de gran civilización se sumergen, uno tras otro, en la extrema barbarie, y además todos saben que la guerra interna, conducida con los medios más despiadados, puede, de un día a otro, transformarse en otra exterior, reduciendo quizá nuestro Continente a un montón de escombros. Esta, sin duda, es una verdad; pero, naturalmente, existen además otras verdades. También es cierto que las sillas sirven para sentarse, y que la lluvia cae de arriba para abajo. Muchos poetas escriben verdades de esta especie, similares a pintores que cubrieran con naturalezas muertas las paredes de
un barco que se hunde. Nuestra primera dificultad, para ellos no existe, a pesar de tener la conciencia en su sitio. Sin dejarse turbar por los potentados, pero no menos imperturbables para oír los gritos de quienes sufren la violencia, avanzan vendiendo sus imágenes.
La absurdidad de su comportamiento les provoca “profundo” pesimismo, que venden caro y resultaría más justificado en los otros, frente a tales maestros v tales ventas. Y, es necesario decirlo, no es tan fácil reconocer que las suyas son verdades del género de aquellas sobre las sillas y la lluvia: ya que, por lo general, suenan bien distinto, como si fuesen verdades que se
refirieran a las cosas importantes, y la creación artística consiste, precisamente, en conferir importancia a una cosa.
Sólo mediante cuidadosa observación se puede reconocer que no dicen sino que la silla es silla y que nadie puede hacer nada si la lluvia cae de arriba para abajo.
Hoy, por ejemplo, ante los ojos del mundo entero, los Estados de gran civilización se sumergen, uno tras otro, en la extrema barbarie, y además todos saben que la guerra interna, conducida con los medios más despiadados, puede, de un día a otro, transformarse en otra exterior, reduciendo quizá nuestro Continente a un montón de escombros. Esta, sin duda, es una verdad; pero, naturalmente, existen además otras verdades. También es cierto que las sillas sirven para sentarse, y que la lluvia cae de arriba para abajo. Muchos poetas escriben verdades de esta especie, similares a pintores que cubrieran con naturalezas muertas las paredes de
un barco que se hunde. Nuestra primera dificultad, para ellos no existe, a pesar de tener la conciencia en su sitio. Sin dejarse turbar por los potentados, pero no menos imperturbables para oír los gritos de quienes sufren la violencia, avanzan vendiendo sus imágenes.
La absurdidad de su comportamiento les provoca “profundo” pesimismo, que venden caro y resultaría más justificado en los otros, frente a tales maestros v tales ventas. Y, es necesario decirlo, no es tan fácil reconocer que las suyas son verdades del género de aquellas sobre las sillas y la lluvia: ya que, por lo general, suenan bien distinto, como si fuesen verdades que se
refirieran a las cosas importantes, y la creación artística consiste, precisamente, en conferir importancia a una cosa.
Sólo mediante cuidadosa observación se puede reconocer que no dicen sino que la silla es silla y que nadie puede hacer nada si la lluvia cae de arriba para abajo.
Esta gente no sabe encontrar la verdad que vale la pena escribir. Otros, al contrario, se ocupan realmente de las tareas más urgentes, no temen a los potentados ni a la pobreza y no obstante todo, no encuentran la verdad. Les faltan las nociones más necesarias. Están llenos de viejas supersticiones, de prejuicios famosos, cuya feliz formulación se remonta a las más lejanas edades. Para ellos el mundo es demasiado complicado: no conocen los hechos ni ven las relaciones.
Además de la intención se requieren nociones accesibles v métodos quo se pueden aprender. Aquellos que en nuestra época escriben informes complicados sobre grandes cambios, deben conocer el materialismo dialéctico, la economía y la historia. Son nociones adquiribles en los libros, mediante enseñanza práctica, aún cuando no sea inmediata la aplicación necesaria. Muchas verdades, partes de verdades o situaciones de hecho que llevan a encontrar la verdad, se pueden describir con más facilidad. Cuando se busca, es bueno tener método, pero se puede encontrar aún sin método y hasta sin buscar. En esta forma casual quedará, sin embargo, casi excluida la posibilidad de representar la verdad, de tal manera que los hombres, gracias a tal representació n, sepan cómo deben obrar.
La persona que anota sólo pequeños hechos, no tiene capacidad de hacer manejables los problemas de este mundo. Pero la verdad tiene este fin y ningún otro. Aquella persona no está a la altura de escribir la verdad.
Cuando no está listo para escribir la verdad y es capaz de reconocerla, quedan aún tres dificultades por superar.